Una obra, un autor

Lola Mora y la fuente de las Nereidas


Por: 
José María Poirier

Según la mitología griega, las nereidas eran ninfas de las aguas que subían desde el fondo del mar para ayudar a los marinos. Hermosas, sensuales, a veces montando delfines y cantando, representaban la misteriosa belleza de los océanos. A ellas está dedicado uno de los más bellos conjuntos escultóricos de la ciudad de Buenos Aires: la fuente de Lola Mora, en el clásico paseo de la Costanera Sur. Sin embargo, cuando fue inaugurada se la emplazó cerca de la Casa Rosada, pero la desnudez de las figuras suscitó una polémica tal que finalmente hubo que cambiarla de ubicación. “Cada uno ve en una obra de arte –expresó su autora– lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre”. Lamentó la polémica que consideró estéril y de ninguna manera genuina y afirmó, dado que había regresado de Europa: “Yo no he cruzado el océano para ofender el pudor de mi pueblo. Lamento profundamente lo que está ocurriendo pero no advierto en estas expresiones de repudio la voz pura y noble de este pueblo. Y esa es la que me interesa oír, de él espero el postrer fallo”.

En la importante inauguración del 21 de mayo de 1903 estaban presentes el intendente Alberto Casares, el pintor Ernesto de la Cárcova y el paisajista Carlos Thays. Pero en el año 1918 fue trasladada. En realidad la repudiaron tanto los más puritanos como algunos socialistas y radicales que cuestionaban la amistad de Lola Mora con los políticos conservadores y en especial con Julio Argentino Roca. En ese sentido, ella representaba la grandeza de la época del Centenario.

La personalidad de Dolores Candelaria Mora de la Vega (1866-1936), gran escultora y pintora, de padre tucumano y madre salteña, hubiera dado argumentos para una novela de época o para un film. Desafió muchos convencionalismos y se manifestó libre y creativa. Había perfeccionado su arte en Roma, a donde viajó becada por el presidente José Evaristo Uriburu. Estudió pintura con Francesco Paolo Michetti y escultura con Giulio Monteverde. Se casó en la porteña basílica del Socorro a los cuarenta años con un hombre a quien le llevaba veinte, Luis Hernández Otero, quien la abandonó pocos años más tarde. Su vida privada fue la comidilla de la sociedad argentina en varias oportunidades.

Tiene obra también en San Miguel de Tucumán, San Salvador de Jujuy y Rosario de Santa Fe. En homenaje a su recuerdo, el Congreso nacional declaró por ley la fecha de su nacimiento (17 de noviembre) como Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas.

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