Premio Madre Teresa a Chiara Lubich
“Amar, entonces, amar, amar, amar. Porque la vida, cada vida, en cada etapa de la vida, pide amor. A la cultura de la muerte tenemos que oponer una cultura de la vida”. Así declaraba Chiara Lubich en aquel polideportivo de Florencia donde el 17 de mayo de 1986, junto a la Madre Teresa de Calcuta, había sido llamada a dar su testimonio en la jornada “Cada vida pide amor”.
Aún hoy se recuerda el “derecho a la vida” como el primero y fundamental entre todos los derechos humanos, inclusive a través del premio europeo del Movimiento por la Vida, dedicado a la Madre Teresa, y otorgado este año en memoria a Chiara Lubich por la contribución dada por los Focolares en todo el mundo a la causa de la vida.
La ceremonia se llevó a cabo en el Campidoglio de Roma, el día que se celebraba el 63 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde el Cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, entregó la distinción a la actual presidenta de los Focolares, Maria Voce.
El presidente del Movimiento por la Vida, Carlo Casini, sostuvo que “en ninguna de las declaraciones de los derechos humanos se habla del derecho a la vida desde su concepción hasta su muerte natural. De este modo, todo el conjunto de los derechos humanos se cae como un cuadro que no encuentra un clavo donde colgarse”.
El filósofo de derecho Antonio Baggio recordó que Chiara Lubich tuvo siempre una idea de los derechos humanos rigurosamente enraizada en el principio de hermandad entre los hombres y en su común paternidad en Dios. A su vez, Vincenzo Buonomo, docente de derecho internacional, destacó que la fundadora del Movimiento de los Focolares era consciente de la universalidad de los derechos humanos, que según su visión, no era algo que se definiese sino que había que transmitir con la educación.
Por su parte, el alcalde de Roma Gianni Alemanno, anunció la inminente dedicación a Chiara Lubich de una calle, destacando la importancia de los derechos humanos, como arquitrabe de una globalización que no esté fundada en el mercado ni en el beneficio sino que parta en primer lugar de los valores.
Antonelli recordó que “la cultura de la muerte y la cultura de la vida son inseparables” y que, en este sentido, los ejemplos concretos de la madre Teresa y de Chiara Lubich son de alto nivel.
Reflexionaba Chiara Lubich en aquel encuentro de 1986: “Cuando Dios vino a la tierra trajo el amor. Él, creador de la vida y el propulsor de una nueva vida aún más importante, sabía qué se necesitaba para mantenerla: se necesitaba el amor. Y al final de la vida él mismo nos juzgará únicamente sobre el amor. Es importante, entonces, el amor. Salgamos pues de este polideportivo con el propósito de hacer de nuestra vida un único continuo acto de amor hacía cada prójimo, esperando comunicar este deseo al mayor número de personas posibles. Daremos así nuestra contribución a aquella civilización de la que tanto se habla: la civilización del amor”.
Fuentes: www.focolare.org / www.zenit.org





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