PARA MEDITAR









 

Quizás es más bello aún

El corcel

El piafa de contento en la llanura,
se lanza con brío al encuentro de las armas:
se ríe del miedo y no se asusta de nada,
no retrocede delante de la espada.
Por encima de él resuena la aljaba,
la lanza fulgurante y la jabalina.
Rugiendo de impaciencia,
devora la distancia,
no se contiene cuando suena la trompeta.
Relincha a cada toque de trompeta,
desde lejos olfatea la batalla,
las voces de mando y los gritos de guerra.

Si se abre la Escritura y se lee en el Antiguo Testamento la descripción que Dios hace de algunos animales, nos damos cuenta de que ningún poeta o pintor los ha contado o pintado de manera tan viva y espléndida.
Era necesario el ojo de Quien la ha creado para inspirar semejantes descripciones majestuosas. Tal vez nuestra mirada no está educada como para ver lo bello, o ve sólo lo bello de un cierto sector de la vida humana y natural, porque no hemos educado el alma.
La muchacha campesina, a pesar de estar siempre en contacto con la naturaleza, rica en huellas de Dios, cuando llega a la ciudad se viste con los colores más extraños, con una desarmonía que hiere a los ojos. Para ella lo bello es así y las mejores obras de arte no valen mucho, o nada, porque no las comprende.
Pero a los ojos de Dios, ¿será más hermoso, el niño que te mira con ojos inocentes, tan semejantes a la naturaleza límpida y tan vivos; o la jovencita que se deslumbra con la lozanía de una flor apenas abierta o el viejo marchito, encanecido, ya encorvado, casi del todo inhábil, quizás sólo en espera de la muerte?
El grano de trigo, tan prometedor cuando –más tenue que un tallo de hierba, agarrado a los granos hermanos, arracimados, formando la espiga– espera madurar y desgajarse solo e independiente en la mano del agricultor o en el regazo de la tierra, es bello y lleno de esperanza.
Pero también lo es cuando, ya maduro, es escogido entre los otros por ser mejor, para ser enterrado y dar vida a otras espigas: él contiene ahora la vida.
Es bello, es el elegido para las futuras generaciones de mieses.
Pero cuando enterrado, marchitándose, reduce su ser a poca cosa, mas concentrada, y lentamente muere, pudriéndose, para dar vida a una plantita, distinta a él, pero que de él recibe la vida, tal vez es mas bello todavía.
Bellezas distintas.
Y una más bella que la otra.

Y la última, la más bella.
¿Dios verá así las cosas?
Esas arrugas que surcan la frente de la viejecita, ese andar curvo y tembloroso, esas pocas palabras llenas de experiencia y sabiduría, esa mirada dulce de niña y mujer a la vez, pero más buena que la una y la otra, es una belleza que nosotros no conocemos.
Es el grano de trigo, que apagándose, está a punto de encenderse a una nueva vida, distinta de la primera, en cielos nuevos.
Yo pienso que Dios ve así las cosas y que el aproximarse al cielo sea muchísimo más atrayente que las distintas etapas del largo camino de la vida, que en el fondo sólo sirve para abrir aquella puerta.

Chiara Lubich
("Meditaciones")

(Obras de Chiara Lubich, Editorial Ciudad Nueva)

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