Bicentenario y literatura

La argentina como poema


01 Julio 2010

Celebrar el Bicentenario es, necesariamente, evocar a la patria y acaso recordar o recrear algunos de sus pasados. El capítulo de las letras trae nombres de escritores y de poetas y, sobre todo, páginas memorables de versos y de prosa.

Desde el ardoroso poema que escribe Vicente López y Planes para nuestro himno nacional, pasando por Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, José Hernández, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes y Macedonio Fernández, entre otros, hasta alcanzar las páginas sublimes de Jorge Luis Borges, la entrañable literatura de Leopoldo Marechal o los versos de Olga Orozco –que parecen imitar la llanura pampeana–, hasta lo que se escribe en nuestros días, las letras persiguen muchas veces la ardua tarea de fundar o de “justificar” la patria. Tarea tan audaz como noble, que nos legaron en Occidente Homero, Virgilio y Dante Alighieri. Bien lo sabía Manuel Mujica Lainez, quien en los cuentos de su Misteriosa Buenos Aires se esforzó por otorgarle leyenda a nuestra tierra. Esa ciudad “junto al río inmóvil” de Eduardo Mallea es muchas veces sinónimo de la patria, la misma de la que señala Borges: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:/ la juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Por eso Marechal, en su obra cumbre, habla de un Adán (primer hombre) que lleva por apellido Buenosayres. Todo era fundacional, como si no hubieran bastado Pedro de Mendoza y Juan de Garay, y la patria esperara a quienes la deberían cantar. En este sentido, la vocación del poeta lo llama a entrelazar vicisitudes terrenas con destinos celestiales: sólo la dimensión religiosa pareciera justificar la historia humana.
En tiempos de la Revolución de Mayo, que encontraría en el Congreso de Tucumán una primera plasmación de su forma y su destino, se debatían la fidelidad monárquica al soberano depuesto en la península invadida por las tropas napoleónicas, las ideas del jesuita Francisco Suárez (1548-1617) que delegaba el poder divino en el pueblo, la contagiosa idealización de la Revolución Francesa (1789), la guerra de independencia de los Estados Unidos (1775-1783) y hasta esa original propuesta de Manuel Belgrano que pretendía un monarca inca. En efecto, la patria nace de un bullicioso conglomerado de ideales e intereses muchas veces contradictorios, pero necesariamente complementarios cuando se los mira en perspectiva.
De manera análoga, nuestra literatura no puede ser leída por oposiciones netas si se la pretende entender y proseguir. Para comprender la pampa (ese paisaje que, como observaba Ernesto Sabato, poco dice a los ojos extraños) necesitamos del Martín Fierro, del Facundo y de Don Segundo Sombra. Optar por uno para denostar al otro es equivocar la mira. Marechal y Borges transmiten, desde enfoques diferentes, una misma pasión por una misma circunstancia.
Si “nadie es la patria, pero todos lo somos” (ver recuadro), la literatura argentina no puede prescindir tampoco del juglar Baldomero Fernández Moreno, de Oliverio Girondo –quien trazó un eje en la poesía porteña–, de la inefable Alfonsina Storni –tan admirablemente recordada en los versos de Félix Luna–, de Juan L. Ortiz –mezcla de simbolista francés y sabio oriental– y del místico sufriente Jacobo Fijman. Necesitamos al letrista Homero Manzi, a Juan Rodolfo Wilcock –el único argentino que descansa en el sugestivo cementerio Acatólico de Roma–, a Francisco Luis Bernárdez –que podría escribir “La patria sin Laura”– y a los siempre recordados Francisco Madariaga y Juan José Saer.
Concluyendo, para decirlo con Marechal: “La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”, “La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”, “La Patria es un temor que ha despertado”, “La Patria es un peligro que florece”, “La niñez de la Patria jugará todavía/más allá de tu muerte y la de todos/los herreros que truenan junto al río”.

La patria

Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.

Julio Cortázar

Oda escrita en 1966

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges

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