El coraje de mediar
Ana de Donini (doctora en Educación e investigadora de la UNSAM), Susana Nuin (doctora en Comunicación e investigadora de la UBA), Gustavo Irrazábal (doctor en Teología Moral y docente en la UCA) y Jorge Oesterheld (vocero de la Conferencia Episcopal Argentina) analizaron cómo dialoga la Iglesia, con José María Poirier como moderador. Aquí extraemos algunos párrafos del encuentro.
Ana Donini: El diálogo en la Iglesia existe, pero limitado. En todas las instituciones se forman compartimentos estancos: tenemos diálogo con los que piensan como nosotros. La gente se expresa poco y ,si lo hace, se limita a sus íntimos o a los que tienen pensamientos afines.
Susana Nuin: La sociedad de la posmodernidad presenta mayor demanda de diálogo y se percibe en distintos ámbitos, la Iglesia entre ellos. Después del Vaticano II se han dado importantes avances, por ejemplo, en el campo ecuménico e interreligioso. El desafío más grande es hablar con el pueblo de Dios y es una necesidad que se evidenció en Aparecida. Pero también hay que destacar que hemos tenido grandes dialoguistas: Pablo VI, Juan Pablo II y también Benedicto XVI, cada uno con matices distintos.
Jorge Oesterheld: Hay mucho por crecer y los contextos difieren según los temas. Algunos son muy ricos, fructíferos, por ejemplo, en el ámbito del ecumenismo. Sobre otros circulan datos pero hay poca comunicación y se percibe una tendencia a la superficialidad en la transmisión. Y, además, hay otros temas importantes sobre los que nos cuesta hablar. Hay miedos que son el resultado de cálculos que hacemos; y pesa mucho un pasado doloroso, de muchos enfrentamientos y rupturas al que no queremos volver. Se tiende a suavizar, a callar. Creo que sobre los temas más importantes no se habla: el lugar de la Iglesia en el mundo, temas de moral sexual, el poder…
Gustavo Irrazábal: Coincido en que donde más se evidencian los miedos es en temas de moral sexual, es una lástima porque la Iglesia renovó mucho su visión sobre la sexualidad en las últimas décadas. No faltan recursos, lo que falta es el coraje de mediar entre las doctrinas formuladas en tono universal y los problemas concretos. Ese trabajo requiere libertad y un marco de garantías para que los teólogos puedan trabajar sin miedo. Y la dificultad no aparece sólo en el diálogo teológico sino en el darle la palabra a las personas directamente implicadas, que tienen cosas para decir pero no están participando porque no hay disposición para escucharlas.
Ana Donini: Se da una confusión entre unidad y uniformidad. Siempre está el querer mostrar una sola idea, una sola respuesta, un solo perfil; y sería muy bueno mostrar que hay diferentes visiones, temas opinables, y no necesariamente un discurso único. En ese diálogo crecemos todos. En vez de pensar en una Iglesia donde unos enseñan y otros aprenden, optar por una Iglesia en busca de respuestas.
Susana Nuin: Como Iglesia recurrimos poco a los interlocutores específicos en la sociedad. Por ejemplo, el documento de la reforma agraria es muy interesante pero no contó con el aporte de todos los sectores implicados. Esto descalifica la pertinencia de ese material y la capacidad para trabajar en una relacionalidad de otro tipo con la sociedad.
Jorge Oesterheld: Comparto que no hay suficiente valoración de la diversidad, y es una de las enormes riquezas de la Iglesia porque deja en evidencia la belleza de la fe común. Faltan espacios de interlocución con el arte, con el deporte, la cultura… El cristiano de a pie siente, a veces, que los obispos hablan muy genéricamente y, en última instancia, dirigiéndose a los responsables políticos. El diálogo se empobrece.
Susana Nuin: Hay que destacar el papel del CELAM en este camino, con aciertos y desaciertos, porque ha logrado una transversalidad temática importante en temas de solidaridad, justicia y cultura. Ha generado trabajos en temáticas que atraviesan el continente.
Ana Donini: Pero me pregunto: ¿a cuántos les llega? Yo puedo verlos en Internet, en la página del CELAM, pero el alcance es escaso, el cristiano de a pie sabe poco de eso.
Gustavo Irrazábal: El diálogo requiere de presupuestos institucionales para que toda la Iglesia dialogue, y son los proyectados por el Concilio Vaticano II. Cuando la reforma estructural se frenó, esos presupuestos institucionales quedaron a medio camino. Por ejemplo, la relación entre el Papa y los obispos, entre la jerarquía y los laicos, entre el magisterio y la teología, entre la Iglesia universal y las iglesias locales… La consecuencia es cierta pobreza para encarar la evangelización de la cultura, donde están insertas las personas. Aún aquello que se llama diálogo en la Iglesia lo es en un sentido muy limitado, por ejemplo, porque las personas que lo organizan no se dejan desafiar, o son seleccionadas de antemano. Y en el diálogo ad extra se ve la debilidad en la capacidad de comunicar, por ejemplo, utilizando categorías de pensamiento del pasado, difíciles de entender para la mayoría. Todo diálogo tiene dos referencias fundamentales: la verdad y la caridad, y ésta implica capacidad de comprender al otro.
Ana Donini: En algunos documentos no está claro que estamos en una sociedad pluralista y que la Iglesia ya no tiene esa autoridad frente a todos. Se podría hacer un aporte a la cultura si entre los interlocutores hay respeto por quien piensa distinto y tiene una visión antropológica diferente. Mientras se piense que estamos en una cristiandad en la que el poder político y el poder de la Iglesia pueden dictaminar de arriba hacia abajo, el diálogo queda impedido.
Jorge Oesterheld: Creo que los sacerdotes y obispos hacen un gran esfuerzo para mejorar el lenguaje y acercarse a la gente. El tema es que seguimos hablando de ideas, y a la gente las ideas no le interesan. Hace un tiempo, cuando uno decía algo, trataba de fundamentarlo (como dice el Papa, el Evangelio o san Agustín). Ahora a la gente no le interesa saber lo que leí, sino que quiere saber qué se yo por fuera de los libros, quiere saber qué me pasa a mí con las realidades en discusión. Hoy no estamos atentos a lo que pensamos sino a lo que sentimos e intuimos. Y este territorio de las sensaciones para la Iglesia, en general, es peligroso. Esa enorme dificultad de hablar desde nosotros mismos, incluidas nuestras dudas, genera un abismo ante una sociedad que sí habla desde esa perspectiva. ¿Qué hubiera sido de nosotros si san Juan de la Cruz hubiera querido ser claro y distinto? Jesús es muy claro, pero no habla de ideas. San Pablo nos dice que tenemos que tener los mismos sentimientos que Jesús, no los mismos pensamientos. Y nadie da la vida por una idea si antes no se convirtió en un sentimiento.
Ana Donini: ¿Qué pasó entre las experiencias de las primeras comunidades cristianas y una Iglesia tan burocratizada? Quizás habría que rescatar la experiencia de la vida de fe que muchas veces no tiene que ver con discursos teóricos y abstractos.
Susana Nuin: Los documentos tienen que ser cada vez más texto en contexto, expresión de la vida del pueblo de Dios. El accionar de Jesús en el Evangelio es una permanente pregunta: ¿quién dicen que soy? Coincido en volver al origen del cristianismo: allí siempre hay agua fresca.
Gustavo Irrazábal: La transmisión de la verdad es un encuentro entre personas y no la transmisión aséptica de un contenido objetivo. Para que se verifique tiene que haber una sintonía y una escucha atenta. La preocupación por el relativismo, si bien está justificada, es un poco unilateral. Parece que todo disenso a lo que dice la Iglesia nace del relativismo y no de una preocupación por la verdad. Es simplista, porque detrás de muchas opiniones hay otros fenómenos, por ejemplo, el reclamo de más respeto a la experiencia personal o de un ámbito de autonomía para la propia conciencia, el reclamo de una Iglesia que acompañe los proceso de discernimiento personal y que no imponga imperativos. En 2008, la Comisión Teológica Internacional dio a conocer un documento sobre la ley natural que reconoce que cuanto más se acerca a las realidades concretas, mayor es el nivel de contingencia y menor es la certeza, y se trata de una afirmación constante de la tradición de la Iglesia. Hasta que no se encuentre una nueva confianza en la posibilidad de soluciones intermedias, se perderán muchas batallas .





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