Una invitación para todos
“Si hablo puedo herirte, si me callo, engañarte…” escribió un sacerdote en una carta a una persona homosexual. La frase presenta el grave desafío que tiene la Iglesia, autodefinida como casa de comunión, en la integración de los cristianos homosexuales.
La pastoral de la Iglesia se desarrolla en una sociedad donde la cuestión homosexual posee fuertes connotaciones culturales, sociales y políticas. Vivimos en una época en la cual no sólo la identidad sexual abandonó el mundo de las certezas que la ley natural ofrecía al hombre medieval, sino que también ha vuelto problemática e incierta la identidad humana en general.
Me pregunto por qué el hombre moderno, seguro de sí y de sus conquistas, se vuelve contradictorio y vacilante a la hora de decir (y decirse) quién es. Para comprender quién soy, en mi esencia y en mis particularidades, debo tocar mi límite, mi no-poder, mi finitud. Asumir aquello que no soy o no tengo no debería ser dramático porque comprendo mi límite y me siento atraído hacia quienes me son complementarios; y esa tensión permite construir una relación de reciprocidad, definir y darle sentido a la identidad propia.
El sentido de la relación y del límite se expresa claramente en la sexualidad, que en definitiva es la reciprocidad física, psicológica y espiritual entre el hombre y la mujer, aunque abarca todo tipo de relación humana. Las dificultades para encontrar la propia identidad (general, pero también sexual, social, política) se inflacionan en las sociedades individualistas. Por eso la cuestión homosexual debe ser situada en nuestro contexto cultural, donde la contrariedad es evidente. El individualismo llevado al extremo propone a homosexuales y a heterosexuales el mito andrógino de la autosuficiencia solitaria, que los lleva a relativizar las diferencias, a borrarlas y finalmente a rechazarlas. La gender theory (teoría de género) sigue este camino: primero relativiza la diferencia hombre/mujer aduciendo el origen de la diferencia sexual a determinaciones culturales, para proponer luego leyes de matrimonio o de adopción en las que las diferencias son obviadas. Es irracional relativizar como exclusivamente culturales palabras tales como: madre, padre, hombre, mujer; términos que tienen origen en la realidad material y fisiológica corpórea.
La gender theory pretende promover el valor de la igualdad entre los hombres y las mujeres, pero el método de la nivelación de los sexos permite la sustitución de unos por otros; que en última instancia termina siendo discriminatorio. Nadie quiere ser igual al otro si para ello debe perder su originalidad, su ser lo que es. La “noble igualdad” encierra en su forma absolutista aspectos dictatoriales.
El problema de las relaciones
El psicólogo austríaco Alfred Adler, en su estudio sobre la homosexualidad, se centró en la relacionalidad. Sostuvo que la homosexualidad es expresión de un alejamiento entre los sexos debido a sentimientos de superioridad o inferioridad con respecto al partner (compañero) sexual. Por ese camino se llega al desprecio por la persona del otro sexo. En definitiva, Adler consideró la homosexualidad como fruto de un empobrecimiento del sentimiento social. En forma similar, Freud la relacionó con el narcisismo. El individualismo comporta un peligro: la defensa de los derechos y libertades propios sin reconocer en el todo social un bien común que también debe ser defendido.
Estos elementos psicológicos y sociológicos explican la dificultad de la Iglesia para presentarse como una casa de comunión en relación con las personas homosexuales. Por otra parte, la Iglesia ya cuenta con personas homosexuales entre sacerdotes, laicos comprometidos, religiosos y religiosas, quienes encuentran problemas para integrarse plenamente en la comunidad eclesial. Las comunidades cristianas suelen recibirlas con respeto pero con la dificultad de no saber cómo tratarlas y con cierta desconfianza no siempre consciente. Muchas veces, por prudencia exagerada, no se les asignan tareas de responsabilidad en la pastoral eclesial.
La comunión en la Iglesia
¿Cómo deberían ser los cristianos que construyen la Iglesia en cuanto casa de comunión? Juan Pablo II los definió: ven en el otro sus aspectos positivos y lo valorizan como un don de Dios, y abren espacios hospitalarios para compartir alegrías y sufrimientos. Esta actitud requiere fortaleza y coraje.
Es posible criticar, desde la Iglesia, manifestaciones como las del Gay Pride (Orgullo Gay) para reclamar el respeto por todos (lo hizo con firmeza Juan Pablo II en el Gran Jubileo del año 2000); y denunciar ciertos pseudos estudios científicos que buscan justificar el matrimonio o la adopción para parejas homosexuales.
Los agentes pastorales de la Iglesia están llamados a recibir a las personas homosexuales. ¿Pero qué hacer? En primer lugar, leer los documentos magisteriales distinguiendo los normativos de los pastorales. No es posible anunciar la dignidad de toda persona más allá de la orientación sexual y al mismo tiempo sostener la culpabilidad de un homosexual por el solo hecho de serlo. No es posible anunciar el llamado universal al amor y luego negar la amistad o la confianza a un grupo de cristianos que conviven con el sufrimiento.
También hay que ir más allá de ciertos mitos, como el que sostiene que los homosexuales son inestables y promiscuos, o que se deben corregir con la fuerza de la voluntad. Y aprender a confrontar los mitos creados por los grupos gay: que el 10% de la población es gay cuando no supera el 2%; que “homosexual se nace” cuando todas las teorías se orientan hacia la multicausalidad; que la homosexualidad no puede modificarse cuando existen muchos casos que indican lo contrario, entre otros.
Valores como la amistad, la empatía, la hospitalidad y una espiritualidad basada en el amor a Jesús que vive en cada persona pueden ayudarnos. La Iglesia comunión tiene en sí misma las condiciones para superar estos conflictos y ofrecer una casa para todos. Hay que superar miedos, mitos e indiferencias.





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