Más allá del capitalismo
El actual debate público acerca del trabajo, la desocupación y la crisis (y el sufrimiento de las familias) puede ser la oportunidad para reflexionar más profundamente sobre lo que se hizo en estas últimas décadas en torno a la naturaleza de la empresa, de las ganancias y, por lo tanto, del capitalismo.
Creo que no se superarán las graves crisis que estamos viviendo (que van desde el medio ambiente hasta las finanzas, del terrorismo a la desocupación) hasta que no pongamos seriamente en tela de juicio el actual modelo económico y social, y no comencemos a decir que este capitalismo, que es la forma que ha asumido en los últimos dos siglos la economía de mercado, debe evolucionar hacia nuevas formas que salvaguarden el enorme potencial de civilidad y de libertad que encierra, y que al mismo tiempo sea capaz de permitir a los 7.800 millones de personas cultivar su propia humanidad.
A mi entender, uno de los hechos más graves de los últimos dos años de crisis financiera ha sido la vulgaridad (no encuentro otra palabra) de los sueldos y bonus millonarios que incluso los bancos y aseguradoras –salvadas en otoño de 2008 con el dinero de los ciudadanos o mejor dicho, con la deuda pública–, a partir de los primeros meses de 2009 han comenzado a repartir entre sus gerentes, premiados por los excelentes resultados obtenidos. E incluso ahora, en tiempos de recortes y de luchas sindicales, nadie pone en duda seriamente las altas ganancias de las empresas, que consienten –entre otras cosas– el pago de sueldos de súper estrellas.
No se discuten estos aspectos ni muchos otros (por ejemplo, los altos beneficios de los bancos) simplemente porque no se tiene el coraje de poner en discusión el sistema capitalista, y el debate se limita, más inocuamente, a hablar de economía ética, de empresa responsable, de non profit y de filantropía; todos estos fenómenos que no sólo no cuestionan nuestro sistema económico sino que le son funcionales y necesarios.
Partimos de una pregunta: ¿estamos seguros de que el objetivo de la actividad de una empresa es maximizar las ganancias?
Antes que nada es importante recordar qué son las ganancias. Si nos limitamos al ámbito más positivo de la economía de mercado (dejando de lado la discusión acerca de la naturaleza de las “ganancias” de las especulaciones), podemos afirmar que éstas son la parte de valor agregado generado por la actividad de una empresa que es atribuida a sus propietarios, antiguamente denominados “capitalistas”. Las ganancias, por lo tanto, no son todo el valor agregado sino sólo una parte. Un ejemplo: la empresa X produce automóviles, transformando acero, plástico, goma, componentes electrónicos, etcétera, en un producto terminado denominado “auto”. Supongamos que la suma de los costos de las materias primas que utiliza X para producir un auto sea igual a 10. Si la empresa X vende un auto al precio de 30, la ganancia no es evidentemente igual a 20 (es decir 30-10) ya que en los costos aún faltan importantes elementos, entre los cuales es crucial el del trabajo. Si suponemos que el costo laboral es 8 (para cada auto) y que los demás costos (gastos de financiación, amortizaciones, etc.) son iguales a 3, las ganancias netas (sin los impuestos) es igual a 9. Si la empresa luego paga impuestos por 4, deducimos entonces que la ganancia neta es 5.
Llegados a este punto surgen dos preguntas. La primera: ¿Dónde nacen y de qué dependen estas ganancias? La historia del pensamiento económico es también la historia de las diversas teorías acerca de la naturaleza de las ganancias. Schumpeter, por ejemplo, sostenía cien años atrás que las ganancias son el “premio a la innovación” del empresario, es decir, la remuneración a su capacidad innovadora. En cambio Marx, medio siglo antes, había afirmado que las ganancias no son más que el hurto de los capitalistas a los trabajadores, ya que la única verdadera fuente del valor agregado es el trabajo humano, en particular de los obreros, únicos capaces de crear plusvalía de los bienes. Hoy sabemos que en el valor agregado hay muchos elementos, entre los que ciertamente se encuentra la capacidad creativa del empresario (o de los empresarios), pero también el trabajo humano (que ciertamente contribuye a dar a los bienes un mayor valor no solamente en relación con el costo de los salarios), las instituciones de la sociedad civil, la cultura implícita de un pueblo, la calidad de las relaciones familiares en las que crecen los niños en sus primeros seis años de vida (como lo ha señalado el premio Nobel James Heckman). En efecto, en el “5” de valor agregado no existe sólo el rol creativo de los propietarios de los medios de producción sino que hay mucho más, y tiene que ver con la vida de la colectividad. Cuando se habla de la “función social” de la empresa se entiende una función que es también una naturaleza social.
Por cierto: si la empresa X vende los autos a 30, y 5 es la ganancia; en un hipotético mundo “non profit” (es decir, con 0 ganancias) los autos costarían 25 en lugar de 30 (o incluso menos, si las utilidades son 15 ó 20). Es decir, las ganancias de las empresas son también una forma de impuesto sobre los bienes, pagados por los ciudadanos, que reducen el bienestar colectivo de la población. Por ello la economía “non profit” ha sido a menudo deseada, soñada y, en ciertos momentos históricos, concretada en pequeña o gran escala, si bien es verdad que a menudo ha creado mayores daños que los problemas que deseaba resolver, como en el caso de los experimentos colectivistas del siglo XX. Esos experimentos no funcionaron por muchas y muy profundas razones. Una de ellas fue el haberse dado cuenta de que cuando se quita ese “5” y se lo socializa, quien pone en marcha empresas (el Estado o los privados) no se compromete más en la innovación ni en el trabajo, y disminuye la riqueza –no sólo económica– de la nación. Hay un empobrecimiento y desaparece también el valor (5) que se quería socializar.
Al mismo tiempo, la gran crisis que estamos viviendo nos dice que la economía fundada sobre las ganancias y sobre la especulación es igualmente insostenible.
¿Qué hacer entonces? Lo que está sucediendo en el ámbito de la así llamada economía civil o social y, en particular, en la Economía de Comunión, puede ser visto de dos modos muy diversos. Una primera lectura, minimalista y conservadora, ve la economía civil o social como un “tapa agujeros” del sistema capitalista: la empresa normal for-profit no logra ocuparse de los “vencidos”, que quedan tendidos a lo largo del camino, y es necesario un otro que desempeñe la función que antaño realizaban la familia y las iglesias. Es la lógica del 2%, que deja de lado el restante 98% (economía for-profit). Por otra parte, hay una lectura de este movimiento de economía civil que imagina –por ahora en pequeña escala– un sistema económico donde el valor agregado, económico y social, sea distribuido entre muchos (y no sólo entre los accionistas), pero en el que los empresarios y trabajadores no dejen de comprometerse por falta de incentivos, para evitar caer en los problemas de las economías colectivistas y socialistas.
El verdadero desafío de la economía de mercado será entonces mostrar un nuevo tipo de empresarios (individuos, pero también en comunidades) que estén motivados por razones superiores a las ganancias.
La última fase del capitalismo (que podríamos llamar financiero-individualista) nace de un pesimismo antropológico que se puede remontar, al menos, hasta Hobbes, en el que los seres humanos son demasiado oportunistas e individualistas como para pensar que pueden comprometerse por motivos más altos (como el bien común). Pero no podemos dejar a este desafío antropológico la última palabra acerca de la vida en común; tenemos un deber ético de delegar en las generaciones futuras una mirada positiva sobre el mundo y el hombre.
En efecto, para que esto no quede en meras palabras sino que se transforme en vida, es necesario un “nuevo humanismo”, una instancia educativa diferente; son necesarios aquellos “hombres nuevos”, también presentes dentro de la Economía de Comunión, capaces de comprometerse no sólo por las ganancias sino para hacer de su actividad laboral una obra de arte. Si así fuera, entonces la nueva economía de mercado –en la que están entrando nuevos grandes protagonistas, como África, por ejemplo– podrá ser un lugar bello en el cual habitar, vivir y amar.





Creo que el error del concepto de empresa, es su significado... para que existen las empresas.... para generar ganancias? yo creo que el verdadero sentido de la empresa es colaborar con la acción creadora de Dios.... que el sentido es... que hacer? para que? que es necesario? creo que el verdadero valor agregado de un auto es la sonrisa de quien lo recibe y de un plato de comida, la sorpresa del comensal... cuando ya no hay mas lugar para el transito, para que producir mas autos? no sera mas necesario limpiar el riachuelo? que necesita Dios que hagamos.... porque asi como esta la casa no va a venir ninguna visita..... se necesitan alimentos o autos?, se necesitan casas o mas shoping? creo que ese es el desafio del capitalismo y del comunismo.... que cada uno debe replantearse a si mismo como evolucionar mirando a Dios... o para quien no cree.. al hombre....
Hola, me llamo Matías Noziglia y soy estudiante del ultimo año de la carrera de economía de la UNT. Leyendo este artículo me dieron ganas de comentar un pensamiento que tengo desde hace un tiempo justamente sobre EdC. Creo que en el fondo con la economía de comunión se trata de cambiar nada mas (ni nada menos) que la función de utilidad de cada individuo y de cada empresario, no de participar en las ganancias ni otra cosa. En la raíz, en lo más esencial, se busca que el individuo incorpore en su propia utilidad lo que antes no tenia (por ejemplo al otro individuo como elemento que le suma utilidad, y si el otro maximiza su utilidad también influye en él). Lo demás deja todo como esta. Para dar un ejemplo: antes no se tenía una noción e intención generalizada de cuidar la vida de los animales en extinción. Lo que se trato de hacer con bastante éxito fue enseñar desde las escuelas y por todos los medios de comunicación el impacto de la caza furtiva en la naturaleza, logrando una conciencia colectiva muy fuerte e incorporando estas ideas en la función de utilidad de los empresarios que de a uno y luego de forma generalizada canalizaron sus inversiones hacia la creación de zoológicos, reservas, fundaciones tendientes la protección del medio ambiente, etc.
Podríamos enseñar sobre altruismo, filantropía, e incluso sobre la intención que tiene Nuestro Señor sobre los bienes que generosamente puso a nuestra plena disposición, pero en el fondo lo que tratamos de hacer es modificar la función de utilidad para maximizar nuestra relación con el otro, no nuestro consumo. Es decir, el otro debe ser nuestro objetivo último y que todas nuestras acciones se encaminen a eso. Maximizando nuestra relación con el prójimo el consumo óptimo vendrá por añadidura.
El ejemplo del medio ambiente demuestra la factibilidad de modificar esta función de utilidad, aunque la forma, los métodos y el tiempo que demore hacerlo dependerá de Jesús en medio, claro esta.
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