La tarea democrática

Que tire la primera piedra


A partir del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner y las masivas expresiones de una parte de la población con notable predominancia de jóvenes –acontecimiento para muchos inesperado–, algunos observadores comenzaron a hablar de la “recuperación de la política”.

Tal expresión admite diversas interpretaciones. Para quienes son afines a la actual gestión puede explicarse como el reconocimiento de que la política vuelve a tener sentido, en la medida en que recupera su valor como real capacidad de dar respuestas a las necesidades y expectativas de la población en general. En un sentido más amplio, la reaparición y el protagonismo de los jóvenes en lo que se da en llamar la “militancia política” estaría marcando el regreso al compromiso y al debate en torno de las problemáticas nacionales o sociales de quienes, hartos de las desilusiones y desencantos de la política, prefirieron dedicarse a otros intereses.

Esta “novedad”, no exenta de riesgos, parece haber sido percibida por algunos candidatos ya que, iniciada la campaña electoral, gustan presentarse con una “coreografía” de jóvenes que apoyan su candidatura.

Los riesgos se relacionan con el temor de repetir viejas frustraciones, ya sea porque se mantienen los acostumbrados vicios (la pelea por cargos y nombres con muy poca discusión de proyectos y políticas concretas, sin prioridades claras y no sólo coyunturales o de encuestas), como por recurrir al entusiasmo juvenil sin ofrecer participación real y efectiva a la hora de debatir propuestas, metodologías y responsabilidades.

Los diferentes candidatos, en los diversos niveles electorales en juego, deberían darle a la campaña un nivel de debate y discusión que desde hace mucho añoramos, tanto dentro de cada fuerza política como en relación con las demás.

Es cierto que la edad no es de por sí garantía de calidad o idoneidad política, pero introduce una cuota de sano idealismo y de capacidad de soñar que puede vencer el escepticismo sin horizontes de quienes “ya lo vieron todo” y poco esperan de nuevo, razón por la cual insisten en viejas recetas, a lo sumo maquilladas para la ocasión.

En la puja democrática debe tenerse respeto por el adversario y no caer en las fáciles apelaciones a la descalificacióncomo recurso dialéctico. Se requiere capacidad de escuchar y valorar las propuestas de los otros, sin resignar la posibilidad de plantear las diferencias donde corresponda, pero dándole siempre prioridad a los objetivos comunes. A la hora de confrontar hechos y políticas debe hacerse sobre bases ciertas y comprobadas, sin acusaciones triviales o falsas.

Por otra parte, y aun cuando se analicen con severidad situaciones del pasado, se deberá actuar con prudencia y recordando la conocida advertencia evangélica: “el que esté sin culpa, que tire la primera piedra”.

Estas actitudes no limitan la comprensible vehemencia y la pasión por las ideas y propuestas que se consideran útiles y valiosas. Por el contrario, le imprimen a la discusión mayor calidad política y enriquecen el conjunto social y la vida ciudadana.

Otro aspecto vinculado con la calidad del debate y la tarea política tiene que ver con la participación. El involucramiento de los ciudadanos, sobre todo de quienes asumen un rol activo en el desarrollo de las campañas, gana intensidad en este periodo. Sin embargo, el concepto de participación ciudadana supera holgadamente el de “militante partidario”, sin que por eso pierda su valor en quienes lo asumen.

Se trata de adquirir y actuar un protagonismo cívico que no está necesariamente vinculado con una pertenencia partidaria, y que puede y debe desarrollarse en distintos campos de la política, hasta crear espacios de participación y protagonismo allí donde no los haya o donde los que existen no son suficientes o adecuados.

Participación y protagonismo son las dos caras de la misma moneda. Participación sin protagonismo sería una mera opinión intrascendente, y protagonismo sin participación sólo se logra cuando se llega a la política “a dedo”, ausente de representatividad.

En este tema, nuestro país conoce algunos antecedentes en la exageración de cierta democracia “delegativa”, tanto en los legisladores de turno como en los líderes locales, cuando al caudillo se le reconoce el don o la facultad de saberlo todo acerca de lo que es bueno para todos. Es cuestión de aportar no sólo con el voto, sino participando y argumentando sobre la gestión de gobierno, y encontrar la manera de hacerle llegar a los dirigentes el sentir de la ciudadanía e incluso reclamar espacios de participación y, cuando corresponda, también espacios de decisión.

Sería deseable que los funcionarios y los representantes políticos concurrieran a los actos y las asambleas para escuchar qué deben hacer o qué medidas deben impulsar antes que explicar a los ciudadanos qué piensan o qué van a hacer o proponer.

Esta actitud cambiaría de raíz la manera tradicional de entender y hacer política. Nuestra democracia sería un sistema representativo y delegativo pero activamente participativo.

Esta participación resulta indispensable para calificar la democracia como un sistema perfectible, capaz de ofrecer a los ciudadanos-participantes-protagonistas una alternativa viable, que aliente el esfuerzo de ser actores corresponsables de políticas públicas, con capacidad de responder concretamente a las expectativas de los distintos sectores, en medio de las naturales tensiones de la vida de la nación.

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