“Sentí orgullo por los palotinos que dieron sus vidas”
En el 35º aniversario de la masacre de San Patricio, Maletti nos acerca su recuerdo de aquellos aciagos días para la Iglesia argentina.
4 de julio de 1976. Ese día fueron asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas en la parroquia San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano. ¿Dónde estaba ese día?
En la parroquia Nuestra Señora del Carmen, de Villa Urquiza con el párroco, Carlos Ramón Reggiani. Era vicario junto al padre Pablo Gasarri (hasta hoy desaparecido). Esa mañana, al finalizar la misa de 8 que yo estaba celebrando, un feligrés me dijo que había sucedido un hecho terrible en San Patricio. Y fuimos en auto hacia allí.
¿Qué vio?
Gente agolpada en la puerta de la iglesia y la policía, que no nos dejaba subir a la casa parroquial. De todas maneras llegamos hasta la mitad de la escalera y ahí nos enteramos de lo sucedido. En la puerta estaba escrita esa frase que después conocimos todos (“Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria”). Volvimos tristes, desconsolados, sin saber qué podía pasar, con miedo porque percibimos una venganza injusta: se los culpaba de un atentado en la Coordinación Federal. Esa noche no dormimos en la parroquia: el párroco, seguramente asesorado por el cardenal Aramburu, no quiso que nos quedáramos porque existía un temor por cierto estilo de Iglesia que trabajaba con jóvenes y donde estaba muy presente el modelo eclesial de acercamiento a los más pobres. Pero en poco tiempo regresamos a la parroquia y seguimos trabajando.
¿Qué sintió al estar tan cerca de la muerte de personas inocentes, que profesan su misma fe?
No tuve la menor duda de que, fieles a su misión y a su ministerio, no realizaban ninguna actividad violenta y que a lo sumo se los señalaba por la valiente prédica, sobre todo del padre Kelly, de un catolicismo social y de un compromiso evangélico con los más pobres, junto con una denuncia profética hacia los atropellos, distinguiendo la mayor gravedad de la violencia del Estado que la que ejercían las organizaciones de las bases. Sentí gran impotencia y desazón por el triunfo de las fuerzas del mal, sobre todo por la doctrina de la seguridad nacional que después fue condenada en Puebla. Tenía 27 años de edad y tres de sacerdote: también sentí orgullo, seguro de que las semillas de quienes en algún momento serán santos –ya empezó el proceso de beatificación y canonización– era un modo de dar la vida como lo pide Jesucristo, aunque no fueron a la muerte sino que los mataron. A posteriori digo “el que ama su vida la perderá”, como dice Jesús, y “el que pierda su vida por mí y el Evangelio la encontrará para la vida eterna”. Tengo la certeza, no jurídica pero sí moral, de que los autores fueron fuerzas de seguridad del Estado, paramilitares o parapoliciales. Creo también que hoy por hoy tenemos que ratificarnos en una Iglesia inclusiva, que no condene pero que al mismo tiempo por su testimonio y su estilo de vida dé pautas; una Iglesia que evangelice sobre todo por irradiación y testimonio y no tanto por invasión y proselitismo.
Los religiosos asesinados fueron los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. Invitamos a los lectores de Cn revista a leer más sobre la historia de los mártires palotinos en el libro El Honor de Dios, de Gabriel Seisdedos, recientemente publicado por nuestra editorial.






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