Andrés Caicedo, un escritor caleño


“Uno debe tener un límite de días hasta donde se puede volver atrás y empezar a comerse los días perdidos, para terminar con una deuda de mil y de allí en adelante vivirlos”. Andrés Caicedo nació el 29 de septiembre de 1951, estorbando el ritmo banal de una existencia que, a su vez, estimulaba a más no poder su necesidad de producir obra y pasar a la posteridad a través de ella. Al mirar sus fotos setentosas nos encontramos con un tipo pálido, flaco, de pelo largo, miope y portador de gruesos anteojos, un joven tartamudo y pésimo bailarín –aunque amante de la salsa y el rock– que encontraba refugio en las oscuras salas de cine en Cali o Calicalabozo, como solía nombrarla. Pasaba horas disfrutando del séptimo arte, admirando directores, transcribiendo sus críticas cinematográficas y hasta sus propios guiones. Sin embargo, ya desde la adolescencia se dedicó a ser creador más que crítico: poseía el germen de las letras, el hambre insaciable de aquel que no para de escribir o devorar textos. Fundó y lideró movimientos culturales como Los Dialogantes y el Cine Club de Cali, la revista cinematográfica colombiana Ojo al Cine, dirigió textos teatrales propios y ganó premios nacionales e internacionales por sus cuentos. A los 25 años publicó su primera novela, ¡Que viva la música!, una invitación a una fiesta sin descanso, al desvarío, a la noche y a la juventud en los barrios populares de una Colombia única e irrepetible.

El día que recibió el primer ejemplar de la publicación, luego de escribir una carta de amor a su novia y otra cinéfila a un amigo, Andrés decidió poner fin a su vida. “Creyó en la crónica y no la ficción, en el cine y en el yo, en el mito del poeta y el rockero que muere joven y deja obra para contar”, explica el director chileno Alberto Fuguet en Mi cuerpo es una celda, la biografía del joven escritor. El mismo año en que su compatriota García Márquez se maravillaba con las mariposas amarillas e insistía en narrar el pasado como si fuera un cuento de hadas, Andrés se obsesionaba con los Rolling Stones y Taxi Driver, se encargaba de crear una narrativa ambiciosa, poseedora de un delirio verbal inimitable, de personajes que se internan en monólogos y ensoñaciones en los cuales prima el deseo, la violencia y la reflexión acerca de una sociedad urbana y sus conflictos sociales.

Gracias a su familia y amigos más cercanos hay más de su literatura, Angelitos empantanados (o historias para jovencitos); Noche sin fortuna, El atravesado, Destinitos fatales y Calicalabozo son algunos relatos editados póstumanete. También Ojo al cine, la recopilación de sus reseñas cinematográficas, Mi cuerpo es una celda, una selección de cartas y escritos de Caicedo realizada por Alberto Fuguet y El cuento de mi vida, que también incluye cartas y reflexiones escogidas por su hermana.

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