Ocuparse del más débil
En la ventanilla de informes de la terminal de ómnibus de Retiro coincidí con una señora mayor de origen boliviano. Me pareció muy ingenua: preguntaba por la agencia de ayuda social. Acababa de llegar de su país con dos nietas (Andrea, de once años y Mayelín, de cuatro) y quería viajar hasta General Pico, La Pampa, donde la madre de las niñas había logrado establecerse además de conseguir un empleo. Pero cuando fue a sacar los pasajes comprendió que el dinero que tenía le alcanzaba sólo para uno; y necesitaba saber dónde concurrir por ayuda. Las nenas estaban felices, con sus humildes posesiones envueltas en mantas.
Fui con ellas hasta un locutorio y llamé a Cáritas para pedir la presencia de un agente de la Pastoral Social, pero me dijeron que recién al otro día por la mañana podrían tener una respuesta, aunque tampoco pudieron darme garantías de una solución. Como una película pasaron por mi mente las imágenes de todo lo que podría sucederles si no resolvían el problema. Experimenté dos emociones: profundísima alegría porque me daba cuenta de que Dios contaba conmigo, y aflicción porque me dolía que no hubiera otros como yo preocupados por el más débil. Regresamos a la boletería: la señora compró un pasaje y con mi tarjeta de crédito y en cuatro cuotas pagué el segundo. Si bien soy una persona humilde sabía que estaba sirviendo a Jesús y me sentía feliz.
Cuando Dios actúa se fija en todo; escuché decir a esta abuela ejemplar, sencilla pero sabia, que las nenas tendrían hambre. Le quedaban 25 pesos; tomé 10 y decidí salir de la terminal, porque allí todo cuesta el triple. Les pregunté a las nenas si querían facturas y me miraron desconcertadas. “¿Bananas, mandarinas?”. “¡Sí!”, me respondieron. Compré lo que me pidieron y también un paquete de galletitas.
Mientras esperábamos la partida del ómnibus la señora me contó que cuando se dio cuenta de que no tenía el dinero de los pasajes, la mayor de sus nietas le preguntó: “¿Qué vamos a hacer?”. Y ella le contestó: “No te preocupes, Dios proveerá”. Y me aclaró: "Mire que soy bautista”. Con amor le dije: “Dios la bendiga, hermana”. La paz de las niñas era fruto de la fe de su abuela.
Juan Andrés Ravignani (Paso del Rey)
Todos tenemos algo para compartir
Una tarde, Flori, nuestra hija de 8 años, encontró cinco pesos tirados en el patio de la escuela. La directora le dijo que recorriera salón por salón para preguntar de quién era el billete, y si nadie lo reclamaba, podía quedárselo. El dueño no apareció.
A todo chico le gusta comprar alguna golosina en el kiosco de la escuela, pero la economía familiar no nos permite darle dinero cada día. Esa tarde, sin embargo, ella eligió gastar sólo la mitad del dinero y el resto, dijo, destinarlo “para las personas necesitadas”. Nos impresionó que nuestra hija menor lograra dar lo que para ella era su “todo”.
Esa misma tarde fuimos a retirar unos estudios médicos por los cuales había que pagar un estampillado de diez pesos. Cuando llegó nuestro turno se habían terminado las estampillas y como no podían reponerlas hasta el día siguiente nos entregaron el estudio sin cobrarnos. Teniendo presente la experiencia de nuestra hija, comprendimos que ese dinero ya no era nuestro y que era la oportunidad para compartir también nosotros. Esta vivencia nos dejó una alegría especial porque como tenemos una economía un poco apretada muchas veces no sabemos cómo ayudar; y aprendimos de Flori a estar atentos a las pequeñas oportunidades.
La telenovela
Un tiempo valioso
Siempre tratamos de inculcar ciertas pautas con respecto al uso del televisor en casa, por ejemplo, limitando el tiempo y controlando el tipo de programas, teniendo una actitud crítica en las publicidades y fundamentalmente apagando el aparato en los horarios de almuerzo y cena. No hemos tenido problemas con Emilia (8 años) y Gustavo (7 años): les gusta mirar dibujitos animados pero saben que algunos son groseros o violentos, por eso disfrutan más de una película infantil.
Sin embargo, Gabriela, nuestra hija mayor, de 11 años, quizá también por su edad, se siente cautivada por el televisor. Pero notamos que muchas veces hace un esfuerzo por encontrar alternativas de distracción. Hace un tiempo nos pidió ver una telenovela. Primero le dijimos que no y le explicamos nuestras razones. Después de unos días volvió a insistir, diciéndonos que todas sus compañeras hablaban de esa tira y que nunca antes la habíamos dejado ver ese tipo de programas, al menos para saber en qué consistían.
Al reconsiderar el pedido, nos dimos cuenta de que esta vez era distinto. Y resolvimos que podía empezar a verla pero con mamá, y conversar juntas sobre algunas situaciones que se desatan en la trama de la novela y de las que nunca habíamos hablado. Así es que desde hace meses y por unos cuantos más nos sentamos juntas durante una hora, y sentimos que es un tiempo valioso porque después nos permite abordar ciertos temas, aclarar situaciones y continuar forjando una mentalidad crítica con respecto a ciertos programas.
Testimonios recogidos de la familia de M. y G. de la localidad de Sanford, provincia de Santa Fe.





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