De la vida cotidiana
La tarea incompleta
En la clase, Zulema le reclamó un trabajo práctico al único alumno que no lo había entregado, pero el chico le dijo que no lo había hecho porque había tenido un problema. “¿Qué tan importante puede haber sido el problema como para no tener tiempo de hacerlo?”, le preguntó. “Se murió mi mamá”, fue la respuesta de Tomás.
Zulema no sabía qué decir. Sólo lo abrazó. Pasaban las horas pero no podía dejar de pensar en él. ¿Qué hacer por ese chiquito de 11 años? Cuando la fui a buscar a la escuela me contó lo sucedido y me propuso invitarlo a nuestra casa el fin de semana. Me pareció muy buena idea, aunque en mi interior pensaba que difícilmente aceptaría. Al día siguiente, apenas lo invitó, Tomás le dijo: “Bueno, dale, y ¿cómo quedamos?”. Intercambiaron los teléfonos y hablé yo con Darío, su padrastro, para combinar. Me comentó que el niño terminaba la catequesis a las 19 y que a partir de esa hora podíamos pasar a buscarlo. Ya tenía el bolsito con ropa listo para que se quedara en casa hasta el domingo.
Fuimos con Tomás y mi hijo al cine, comimos pochoclos, paseamos por el shopping y compartimos un momento muy lindo. Los chicos conversaron todo el tiempo y enseguida hicieron amistad. Después cenamos pizza en casa, donde se sumó mi hija Sol y algunas de sus amigas. Al día siguiente jugaron todo el día, vieron un partido de fútbol y después hablé con el padrastro de Tomás para que viniera a conocer nuestra casa. Tomamos un café, charlamos de varias cosas y a solas pudo comentarnos lo destrozado que estaba aunque lo alegraba ver bien a Tomi.
También nos contó que el día anterior, el sábado, había sido el cumpleaños de la mamá y lo había notado sin ánimo: “Veo que la pasó bien con ustedes, está contento... Quizá lo ayudó a no pensar demasiado y no ponerse mal”, nos dijo Darío. Quedamos para repetir la experiencia otro fin de semana. Gracias a la sensibilidad especial de Zulema, mi esposa, pudimos aliviar en algo el momento difícil que les tocaba atravesar a Darío y Tomás.
P. A. (Rosario)
Una humilde servidora
Vivo en un edificio de 23 departamentos sin encargado, por eso trato, como ama de casa, de estar atenta a esta pequeña comunidad en la que vivo. Me ocupo de recibir a quienes miden el consumo de gas o de luz, al inspector del ascensor y hasta cambio bombitas de electricidad cuando se queman. Además, como integro el consejo de administración, intento resolver los imprevistos que siempre se presentan. Por ejemplo, cuando alguien pierde una llave ponemos un comunicado en el ascensor para ayudarlo a recuperarla.
Asumir estas tareas me permite conocer a cada familia y algunas necesidades de sus integrantes. Por ejemplo, varias personas mayores están solas y trato de ir a visitarlas. Se muestran muy agradecidas porque hay días en los que nuestro encuentro es la única oportunidad de entablar un diálogo cara a cara, ya que suelen comunicarse con familiares y amigos sólo por teléfono.
Los residuos se sacan de 20 a 21 horas, horario nada conveniente para una señora de 95 años; sería imprudente y peligroso. Entonces arreglamos que cuando tiene alguna bolsita con residuos me avisa, la busco y luego la saco junto con la de mi familia. Otra de mis vecinas necesita recibir medicamentos mensualmente pero el laboratorio los entrega cuando ella está trabajando, así que yo se los recibo. Además, lo importante es que mis vecinos saben que si necesitan algo, pueden contar conmigo.
Con los comerciantes del barrio también creció la relación. Por ejemplo, en varias oportunidades le presté dinero a la verdulera porque no llegaba para comprar la mercadería a sus proveedores. Ella siempre me ha devuelto lo que le presté, y siento que es importante la confianza que me tiene.
En más de una ocasión he pedido ayuda pero en general el resto no puede ofrecer su disponibilidad. Por suerte, en estos días hay un señor que está de licencia y se muestra dispuesto a ayudar, así que espero que podamos conformar un equipo para esta “familia grande”.
L. M. (Buenos Aires)
Un picadito de barrio
Estábamos en las vacaciones de invierno y nuestros hijos de 6 y 8 años, con dos de sus amigos, pensaban cómo disfrutar de esos días. Nuestra casa está ubicada en un barrio con muchas familias, alejado del centro de la ciudad, por lo tanto, los espacios verdes y las calles de tierra posibilitan jugar al aire libre. Sin embargo, observábamos ausencia de niños en el parque y en la cancha. Frente a la insistencia de nuestros hijos, pensamos qué hacer y se nos ocurrió organizar un partido de fútbol.
Los chicos se pusieron a trabajar de inmediato: hicieron tarjetas de invitación para todos los niños entre 7 y 10 años y luego las repartieron. Cada tarjeta llevaba el nombre del invitado, y como nuestro hijo menor todavía no sabe escribir, las completaba con un dibujo. La cita era un día miércoles a las 14 horas en la canchita del barrio y fue una gran sorpresa que llegaran todos los invitados.
El partido fue la excusa para iniciar vínculos con otros niños; los días sucesivos se buscaban para bicicletear y continuar jugando. También posibilitó que los adultos nos comunicáramos y compartiéramos el interés de que nuestros hijos tengan amigos en el barrio y ocupen los lugares de recreación con que cuentan. Una pequeña gotita para vivir la fraternidad en los espacios más cercanos.
Horacio y Mariana (Esperanza, Santa Fe)





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