A la búsqueda de Marcel Proust
Pocas veces en la historia de la literatura moderna occidental el nombre de un autor se identifica tan plenamente con una obra, como en el caso de Marcel Proust (París, 1871-1922) y su En busca del tiempo perdido. Sin ser autobiográfica en sentido estricto, comporta una empresa a la que el autor dedicó largos años (los últimos de su vida, siempre amenazada por la frágil salud) compuesta por siete volúmenes que signarán el mundo de las letras. En efecto, Proust marca un antes y un después en la manera de escribir y de concebir el tiempo, y de ir a la búsqueda de la memoria a través de la evocación.
Acaso algo similar sucedió después en América latina con el mexicano Juan Rulfo (1917-1986) que llegó a confundir su nombre con el de su obra Pedro Páramo, pero en este segundo caso se trata de una maravillosa narración breve y surrealista. Sin embargo, en uno y otro ejemplo, el trabajo literario parece justificar en pleno al escritor.
Del lado de Swann, el primer libro, comienza de la manera más simple y coloquial: “Durante mucho tiempo me acosté temprano”. Ese niño, hijo de un médico notable y de una mujer extraordinaria, esperaba cada noche con ansias el beso de la madre para intentar dormir. El insomnio iría acentuándose con los años y Proust terminaría escribiendo de noche, encerrado en su habitación oscura y recubierta de corcho para escapar a los ruidos, y descansando de día. Sólo el café, que debía ser servido con premura y recién filtrado, parecía ser su alimento, su sangre misma. El asma lo acosaba y temía no llegar a concluir la obra que, como señala Roland Barthes, “parece haber encontrado milagrosamente las palabras buscadas por los lectores para expresar situaciones asombrosamente semejantes”. El primer milagro son las páginas donde rememora su infancia a partir de un té y una magdalena, con gran esfuerzo y mística concentración.
Las reuniones sociales, las tertulias, los sentimientos encontrados y la obsesiva observación de los personajes, su apoyo a Dreyfus y la filosofía de Bergson… hacen de Proust un autor difícil de comparar. Su prosa tiene el encanto de una delicada y amable telaraña que envuelve al lector como un insecto atrapado y lleno de admiración.
Dos traducciones al castellano recomendables son la del español Pedro Salinas y la de la rioplatense Estela Canto.





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