Nueva etapa

¿Qué reforma para la ONU?


La actual constitución y el funcionamiento de los organismos que conforman la ONU se debe al equilibrio de poderes existente entre las principales potencias al finalizar la Segunda Guerra Mundial (SGM). Los Estados Unidos lideraban los países occidentales vencedores del conflicto, y fue determinante para su desarrollo. Gran Bretaña y Francia eran dos potencias con un imperio colonial de consideración. En ese entonces, India y varios territorios de Asia y África estaban bajo el dominio británico. Por otra parte, el Reino Unido había encarnado, entre 1940 y 1941, el espíritu de lucha del mundo libre enfrentando, prácticamente en soledad, a Adolf Hitler hasta el ingreso de los Estados Unidos en la contienda. Las reuniones cumbres de Teherán y Yalta, definitorias de los equilibrios mundiales, fueron protagonizadas precisamente por los líderes de Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Francia, por su parte, pese a su relativo aporte para el desenlace exitoso de la SGM –para el que fue esencial la capacidad tecnológica y productiva de los Estados Unidos y del Reino Unido–, era la segunda potencia colonial, con territorios que abarcaban el África francófona y la entonces Indochina (Vietnam, Laos, Camboya).

La Unión Soviética también tuvo un rol clave durante el conflicto mundial, sobre todo a partir de 1943, al contener a los nazis en el frente oriental. Luego de la guerra era una superpotencia cuyo expansionismo difícilmente podía ser detenido, como lo demostró la adhesión de parte del Este europeo al bloque socialista, consagrada en 1955 por el Pacto de Varsovia.

También el entonces poco conocido gigante chino se perfilaba como potencia asiática, luego de ayudar a derrotar al agresor japonés.

La idea de un Consejo de Seguridad con estos cinco miembros, cada uno con poder de veto sobre las resoluciones, que actuara como órgano de conducción de la ONU e interviniera en las situaciones de emergencia respondió a ese contexto en el que era reciente la experiencia bélica: la paz no estaba asegurada y era necesario reconstruir la convivencia internacional.

Consejo de Seguridad
A lo largo de estas décadas, la presencia de otros diez países como miembros transitorios del Consejo de Seguridad no pudo lograr una mayor distribución del poder de decisión. Si bien en una primera etapa, signada por el comienzo de la Guerra Fría, ese esquema respondió ante todo a la necesidad de instituir un organismo supranacional que fuera el ámbito de discusión y de diseño de proyectos comunes (pensemos en el rol de la UNESCO en la cultura, la UNICEF en materia de infancia, la FAO en la lucha contra el hambre), con el pasar de los años quedó obsoleto y superado por las circunstancias.

En efecto, hoy Francia, el Reino Unido y hasta Rusia tienen el mismo derecho de figurar en el Consejo de Seguridad, y lo mismo ocurre con países como India, Indonesia, Sudáfrica, Alemania, Japón, Brasil o Nigeria. Los imperios coloniales o políticos, como el de Francia y Gran Bretaña o el de la Unión Soviética se derrumbaron, constituyendo la única excepción el sistema imperial de facto de los Estados Unidos.

Por otro lado, hoy el derecho de veto no responde a un criterio democrático en el plano de las relaciones entre países. Un ámbito de decisión, aun si fuera representado por un grupo restringido de naciones que poseen una economía o una población relevante en el equilibrio del planeta, debería funcionar sobre la base de reglas más democráticas que las actuales. Y, en todo caso, dotarse de mayorías especiales para decisiones trascendentes. Así como la aceptación de un nuevo país miembro debe recibir los dos tercios de los votos, podría pensarse en la aplicación de una metodología similar para conformar el Consejo de Seguridad, que podría contar con un equilibrado grupo de miembros en representación tanto de los países industrializados como de los emergentes; y donde todos tuvieran una presencia transitoria y rotativa.

A su vez, habría que volver a considerar incluso el esquema de funcionamiento de la Asamblea General, puesto que no es lo mismo el peso político del voto de un país con cientos de millones de habitantes que el de otro con una reducida población, como Luxemburgo, por ejemplo. La pregunta es si no convendría instaurar una suerte de Cámara Baja global sobre base poblacional, tal como sucede en la Unión Europea.

Disparidad de criterios
¿No necesitará de mayor autonomía el Secretario General de la ONU? Hoy, frente al poder de los gobiernos del Consejo de Seguridad, esta figura termina por desempeñar una función solamente representativa. Acaso por eso nunca hubo inconvenientes en dejar que ese cargo lo ejercieran figuras provenientes de países del Tercer Mundo (Vietnam, Egipto, Corea, etc.).

Ello se torna patente cuando se analizan los criterios de su intervención. La disparidad raya con la injusticia. ¿Cómo explicar, si no, la decisión de intervenir en Kosovo o ahora en Libia, y no en otras situaciones similares como la de Sudán, donde la guerra civil provocó dos millones de muertos durante décadas; o en la República Democrática de Congo, cuya región oriental de Kivu es ocupada militarmente por Ruanda? En la región africana de los Grandes Lagos hubo al menos cuatro millones de muertos desde 1998 hasta la fecha sin que el Consejo de Seguridad haya actuado con la misma solicitud.

FMI, OMC y Banco Mundial
La dirección general del Fondo Monetario Internacional y la presidencia del Banco Mundial, sin embargo, son cargos codiciados por su rol clave en la economía mundial. La praxis consolidada asigna respectivamente a los Estados Unidos y a Europa esos puestos, aunque para un analista de peso, como lo es el ex consejero de Estado Zbigniew Brzezinski, estos dos organismos son parte del sistema de poder de Washington (1).

Una reforma de la ONU debería incluir la recuperación de ambos ya que, a pesar de haber tomado rumbo propio, con la Organización Mundial del Comercio, nacieron para reconstruir el orden mundial económico. Su regreso bajo el control de la ONU debería incluir la determinación de un sistema de principios jurídicos a los cuales ajustarse. Hoy el FMI y el BM influyen notablemente en la economía global, pero son poco transparentes en el uso del poder, a menudo transformado en principios rectores por encima de los principios generales del derecho asumidos como tales por gran parte del mundo occidental. El FMI ha tolerado, por ejemplo, la aplicación de préstamos a tasas de usura en muchos casos, en perjuicio de los principios jurídicos que universalmente la repudian.

¿Hacia dónde va la ONU?
El mundo ha cambiado en estas décadas. También los actores políticos. Junto a los Estados nacionales, en la actualidad el escenario internacional asiste al crecimiento de una sociedad civil cada vez más incisiva. De hecho, hay quien plantea instituir ad latere de la Asamblea General otra que represente a la sociedad civil internacional. Es decir, una asamblea de organizaciones que trabajan en los innumerables campos de acción como la ecología, los derechos humanos, la paz, la cultura, etc., intereses que no siempre, y por diferentes razones, los gobiernos logran representar en el seno de la ONU.

¿No estaremos frente al desafío de avanzar hacia formas de gobierno global, como lo preconizaron agudos observadores como Pablo VI en su encíclica Populorum progressio? Los procesos de integración como el de la Unión Europea, el MERCOSUR, la UNASUR, etc., señalan esta necesidad.

De todos modos, en la presente etapa, una reforma se torna necesaria y urgente para no desperdiciar la poca autoridad moral acumulada por la ONU en estas décadas y para no terminar siendo presa de los intereses políticos de los más fuertes.

1. ZBIGNIEW BRZEZINSKI, El gran tablero mundial.

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