De la vida cotidiana

Entre pasillos y ascensores


Me mudé a un edificio de 15 departamentos y al poco tiempo empezaron los problemas: desde el segundo piso caía agua a mi patio debido a una pérdida en un aparato de aire acondicionado. Pregunté por las reuniones de consorcio, pero me dijeron que no tenían lugar desde hacía tiempo porque muchos propietarios estaban peleados. Hablé con la administradora y me dijo que ella no pensaba tratar con los vecinos en cuestión porque eran travestis y siempre ocasionaban disturbios. Entonces decidí intentar algo por mi cuenta y con mucho respeto le expliqué a uno de ellos lo que sucedía. Finalmente, aunque el gasto corrió por mi cuenta, logré solucionar el problema. Desde entonces, cada vez que me ve, me dice: “Vos sí que sos una buena persona”.

Tiempo después, el consorcio decidió cambiar de administradora porque la mayoría de los propietarios no estaban conformes; decían que tenía muy mala voluntad, si bien había sido complaciente en varias oportunidades con algunos de ellos. La mujer estaba muy dolida, a tal punto que inició una demanda judicial por el dinero que el consorcio le debía. Yo tenía buena relación con ella y me mortificaba que creyera que yo también estaba entre el grupo de personas que la cuestionaba tan duramente. La llamé por teléfono y le aclaré que si bien me dolía la situación, debía respetar las decisiones de la mayoría. Advertí que con ese simple gesto le había dado una alegría. Luego me enteré de que su mamá estaba enferma, de manera que la llamé nuevamente para interesarme por su salud; y desde entonces y por distintos motivos, mantenemos una relación amistosa.

Un día vino una vecina a mi casa y me comentó que su esposo había ido al departamento del piso arriba del mío a quejarse porque desde su ventana solía ver desnudo al muchacho que vive allí. Poco tiempo después tuve que ir hasta su departamento por una pérdida de agua y noté que la ventana estaba sin cortinas. Como yo tenía un juego de mi antigua casa que podía servir para esa ventana en discordia, se la ofrecí y la aceptó con mucho agrado. Mi vecina estaba muy contenta y el problema dejó de existir.

Con otra de mis vecinas ya tenía mayor acercamiento porque concurrimos a la misma parroquia. Sabía que vivía sola y que en ese momento no tenía trabajo, pero recibía alimentos por intermedio de una persona de la comunidad parroquial. Al poco tiempo, sin embargo, me enteré de que la persona que le facilitaba la ayuda había fallecido.

Entonces traté de ayudarla; compartí la preocupación con mis compañeras de un grupo de amas de casa y de esa forma fuimos cubriendo sus necesidades hasta que felizmente logró obtener la jubilación.

Como sucede en casi todos los edificios, en el consejo de administración las personas son muy distintas. Hay, por ejemplo, una mujer que no es muy simpática y tiene a veces un trato poco cordial. Tiempo atrás la encontré en la entrada del edificio y me sorprendió su ánimo amable, hasta alegre. Entonces me contó que estaba embarazada de cuatro meses, por lo cual deduje que la noticia era el motivo de su cambio de actitud. El Día de la Madre la saludé especialmente y le prometí tejer una prenda para su bebé.

En lo cotidiano descubro que lo propio de un ama de casa es hacer lo que está a mi alcance por amor y por pura responsabilidad, aunque no me lo exija un jefe o el reglamento del consorcio.

María Angélica Feijoo (Buenos Aires).

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