El espíritu de la Navidad
“Con este fantasmal librito he procurado despertar al espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores malestar consigo mismos, con los otros, con el tiempo presente ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer”. Así presenta Dickens su novela, y con estas palabras define su propósito: regalar a los lectores –adultos y niños– un relato sobre la Navidad con un mensaje que permaneciera en sus corazones más allá de las fiestas.
Una fiesta para cambiar el corazón
A mediados del siglo XIX, Inglaterra estaba ya bien inmersa en la era victoriana, y vivía las efervescencias de la revolución industrial y la expansión del imperio británico. Las tradiciones navideñas y el espíritu religioso, algo relegados debido al nuevo ideal de progreso científico e industrial, comenzaban a cobrar para esta época nuevas fuerzas. En cuanto a la literatura, el romanticismo de primera mitad de siglo daba paso a un mayor realismo en los relatos y el espíritu didáctico impregnaba muchas obras.
Charles Dickens, quien ya era un muy respetado escritor, comprometido con lo que podríamos considerar “literatura de denuncia o literatura social” (recordemos solamente su famosísima novela Oliver Twist) considera la Navidad como “un buen tiempo: un tiempo para el perdón, la caridad, la amabilidad. La única época a lo largo de todo el calendario cuando hombres y mujeres parecen acceder a abrir sus bien cerrados corazones…”. A partir de esta idea nace Cuento de Navidad, una breve novela que hoy, a más de 160 años de su primera edición, continúa considerado como el relato navideño por excelencia.
El camino del señor Scrooge
La obra, dividida en un prólogo, tres capítulos y un epílogo, recorre el camino de transformación interior de Ebenezer Scrooge, un hombre de negocios tan rico como avaro y amargado. Es un misántropo convencido, un ser cuyo único disfrute consiste en encerrarse a contar su dinero, que acumula sin gastar para sí o para ayudar a los que más lo necesitan. Para los pobres “¿acaso no hay cárceles, acaso no hay asilos?”, se pregunta con sarcasmo.
Sin embargo, en una Nochebuena, el anciano es visitado en su solitario dormitorio por el espíritu de su antiguo socio, ya fallecido, quien le advierte sobre la necesidad de cambiar de vida. Aquí comienza el viaje en el tiempo de Scrooge, en el cual tendrá la oportunidad de comprobar cómo es visto por los demás, lo que fue alguna vez y lo que podría ser el final de su vida. A la primera aparición espeluznante le siguen las visitas del Espíritu de la Navidad Pasada, que muestra a un Scrooge niño y después joven, todavía feliz, todavía abierto al amor, pero cuya adicción al trabajo termina por consumirlo; el Espíritu de la Navidad Presente conduce al anciano a la casa de su sobrino, quien celebra una Navidad feliz junto a sus amigos y se burla de la amargura de su tío; mientras tanto, en la humilde vivienda de su secretario, el bondadoso Bob Cratchit, la familia sobrevive miserablemente y lamenta la falta de dinero para ayudar al hijo menor, Tim, que está enfermo, pero conserva la generosidad de espíritu. Por primera vez, Scrooge se interesa por otro ser humano y empieza a resquebrajarse su dureza interior.
Finalmente, el Espíritu de las Navidades Futuras, el más siniestro y misterioso, obliga a Scrooge a enfrentarse con lo que podría ser su destino final: un ser que jamás brindó amor ni consideró al prójimo morirá solo, y todo lo que quedará de él será una tumba solitaria.
El viejo avaro es devuelto a su casa y despierta la mañana de Navidad. Comprende que se le ha concedido una segunda oportunidad y que es momento de transformar su vida. Y empieza inmediatamente. Después de su muerte será recordado por todos aquellos que lo han tratado como el hombre más generoso y de mejor corazón que hayan conocido. La moraleja es clara: nunca es tarde para cambiar el corazón. Aquellos eran tiempos de creciente materialismo, de fe en el progreso de la técnica. Una fábula tal vez algo candorosa, simple en su planteo, pero a través de la cual Dickens alerta sobre las siempre vigentes necesidades del espíritu, que no pueden colmarse con lo material. En nuestros tiempos posmodernos, vertiginosos y frenéticos, ¿podemos encontrar algo para nosotros en este sencillo mensaje navideño?





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