La crisis en Grecia e Italia

Mercados vs. Democracia


Cuando en 2001 deflagró la crisis en nuestro país, volvieron a salir al sol una cantidad de trapitos, entre ellos, cómo se había formado la deuda externa argentina y la compleja madeja de corrupción que la alimentó y la acrecentó en modo escandaloso. El objetivo de este artículo es otro, pero conviene dar indicaciones de la profusa bibliografía sobre la materia porque los mecanismos de endeudamiento son parecidos (1).

Si hoy el problema de nuestra deuda soberana, si no superado, está contenido en límites razonables, se debe a la reestructuración realizada en 2004 en base a una importante quita. Tan sólo mencionar una hipótesis de este tipo en Europa hoy haría entrar en pánico a las bolsas, dado el tamaño de las deudas soberanas que han envenenado de títulos la región que concentra a cinco de las economías más poderosas del planeta: Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y, en su conjunto, la Unión Europea.

¿Cómo se llegó a esto? ¿Es culpa de los europeos que de trabajadores industriosos se volvieron unos flojos aprovechadores del Estado de bienestar? La situación es más compleja.

Para ingresar al área de la moneda única europea había que ajustarse a una serie de parámetros macroeconómicos. Eso supondría una tarea de vigilancia permanente que, en realidad, como señala el Nobel de economía Joseph Stiglitz, no se hizo. “Lo que hicieron fue suscribir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que era un acuerdo para la recesión más que para el crecimiento, pues limitar el déficit cuando estás en problemas es una receta para el enfriamiento de la economía”, declaraba Stiglitz a la BBC en octubre (2), destacando el error de limitarse a pactar un déficit máximo, en torno al 3% del PBI de cada país, pero sin hacer mucho más que eso.

Cuando en 2001 Grecia entró en la zona del euro su economía no estaba preparada para semejante paso. Esto lo sabían pocos. Entre ellos el banco Goldman Sachs, que ayudó a los griegos a “maquillar” sus números, como luego descubrieron azoradas las autoridades de la Unión Europea. Entre los artilugios utilizados, en 2002 Goldman Sachs adquirió en secreto 2.300 millones de euros de la deuda pública griega que convirtió en yen y dólares para luego revenderlos a Grecia. No fue una tontería. El operativo se centraba en un valor de cambio falso establecido por el banco. El acuerdo secreto con el gobierno griego de entonces consistía en que el aparente mal negocio de Goldman Sachs suponía un aparente buen negocio del gobierno que así ocultaría su abultado déficit. Luego, esa pérdida sería compensada por una elevada tasa de interés que abonaría el Estado europeo al banco. El recurso mantuvo el déficit griego dentro de los parámetros fijados por la euro zona. En 2009 este truco fue descubierto, lo cual enfureció a los mercados que comenzaron a exigir más y más intereses para financiar el presupuesto de Atenas acosada para pagar sus deudas.

Diferente es la situación de Italia, donde la atávica costumbre de negociar absolutamente todo impidió al gobierno del deshonesto Silvio Berlusconi aplicar las reformas estructurales que deberían haber permitido a esta potencia económica salir del estancamiento en el que se encuentra desde hace, al menos, una década. La deuda pública italiana fue leudando gracias a una casta política que se ha beneficiado con escandalosos privilegios del Estado. En abril se hablaba de recortar 90 mil autos oficiales que el erario público pone a disposición de las autoridades italianas a diferentes niveles.

La gestión de Berlusconi benefició, gracias al modelo económico neoliberista, a una parte de los italianos mientras que el peso tributario sustancial cayó sobre los asalariados. Hoy, con una deuda equivalente al 120% del PBI el país debe tomar medidas drásticas y urgentes.

Pero la situación de Grecia e Italia tiene ribetes que abarcan también las cuestiones relativas a la sustancia de la democracia hoy en el Viejo Continente. Llama la atención que en los dos países los mercados lograran cambios de gobierno que no consiguió internamente su sistema político. Al frente de los dos ejecutivos, dato preocupante, hoy figuran dos exponentes del mundo financiero: el griego Lucas Papademos, ex vicepresidente del Banco Central Europeo, y el financista Mario Monti. En el caso de Grecia, la crisis de gobierno fue apurada cuando el anterior primer ministro propuso someter a referendum las duras medidas económicas que se deberán aplicar. Una decisión razonable, pero a contramano con la tormenta financiera levantada ad hoc por los mercados. Tal como en 2001 en la Argentina el aparato mediático instaló de pronto la cuestión del riesgo país (del que hoy pocos se preocupan), lo mismo sucedió con las cotizaciones de los títulos públicos, sobre todo de Italia. Los mercados lograron lo que no pudo la posición italiana: mandar a su casa a Berlusconi. No sólo eso, en un documento de Barklays Bank aparecen algunos “pedidos” que ya figuran en la agenda del nuevo gobierno: debilitar los contratos colectivos de trabajo; privatizaciones; elevar la edad jubilatoria; liberalizar las tarifas de los profesionales.

Queda pendiente la pregunta que desde hace meses los indignados en Europa, y no sólo ellos, plantean con sus manifestaciones: ¿quién tiene las riendas del poder en nuestras democracias? ¿Cómo es posible que los ciudadanos no puedan participar de las decisiones de fondo que afectan su vida diaria? ¿Quiénes son los beneficiarios de este sistema económico? Hoy por hoy, Europa no parece dar indicaciones al respecto.

(1) Cfr. ALEJANDRO OLMOS, La deuda externa, Buenos Aires, 2004; SALVADOR MARÍA LOZADA, La deuda externa y el desguace del Estado nacional, Mendoza, 2002; NORBERTO GALASSO, De la Banca Baring al FMI, Buenos Aires, 2002.

(2) J. STIGLITZ, "La austeridad no es el camino de Europa", BBC Mundo en www.bbc.co.uk/mundo/noticias/

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