Dos regalos de Navidad
Se acercaba Navidad y en esos días trataba, en cierto modo, de “preparar la cuna” para Jesús niño que llegaría pronto. Quería hacerlo a través del amor concreto para con mis prójimos, pero también sentía la necesidad de una buena confesión. Sabía que en la iglesia donde iba a misa frecuentemente el sacerdote confesaba cada mañana antes de la celebración. No quería que fuera una suerte de “maquillaje”, sino una “limpieza profunda”. Así que llegué temprano por la mañana para prepararme bien. Sólo que mientras me aproximaba al confesionario llegó otra persona que se me adelantó y me quedé ahí, plantado... Bueno, podía ser, tiempo había. Sin embargo, los minutos comenzaron a transcurrir y esta persona no terminaba. Además, se acercaba la hora de la misa y mi programa se estaba derrumbando. Pensé que el tiempo no alcanzaría, y eso me puso un poco triste. Finalmente, el señor terminó su confesión y salió pidiéndome disculpas y agradeciéndome por la paciencia: “Sabe, lo necesitaba mucho, y ahora sí que puedo vivir la Navidad”. Y se fue.
El sacerdote atinó a irse, pero al verme preguntó si quería confesarme. Volvió al confesionario y con paciencia me escuchó. Traté de presentar con la mayor transparencia posible lo que tenía adentro, superando mi orgullo, bajando del trono de mi yo para ofrecerle a Jesús, como si fuera un don, la sola cosa que me pertenece: mis pecados, y así decirle mi amor.
Cuando terminamos, el sacerdote me miró un largo rato y luego, para mi sorpresa, me dijo: “Gracias, ¡qué hermoso regalo! En uno vuelve a nacer el deseo grande de hacerse santo. No sé quién de los dos recibe la gracia mayor. Yo simplemente te agradezco”. La misa aquella mañana tuvo otro sabor. Y la gente en la calle, en el correo con sus interminables filas, en la verdulería, en el supermercado… todo había cambiado.
Pero ese día me esperaba algo más. Un pastor de otra Iglesia cristiana que trabaja con jóvenes en un barrio carenciado, a los que enseña un oficio para sacarlos de la calle, me comentó conmocionado que aquella noche le habían robado todo: las herramientas, la soldadora, el torno... Estaba desesperado. No tanto por él, sino por estos chicos. No podía ser. Me dirigí espontáneamente a Jesús y le pedí la plata necesaria con una fe renovada después de ese encuentro tan hermoso que había tenido con Él en la confesión.
Al otro día tocó el timbre una persona amiga que quería desearme feliz Navidad. Hacía rato que no nos veíamos, así que la alegría fue doble. Al despedirme me dio un abrazo y puso en mis manos un sobre diciéndome: “Vos sabrás para qué puede servir”. Cuando lo abrí no pude retener unas lágrimas: había una buena parte del dinero que servía para las herramientas de mi amigo pastor. Con algún ahorro de mi parte seguro que llegaríamos a completar lo que faltaba. Sólo me quedaba agradecer a Jesús por su generosidad.
S. K. (Rosario)





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