Del dolor al sufrimiento
Del dolor al sufrimiento no significa ni un progreso ni un pasaje, sino un cambio de naturaleza. La antropología se encarga de distinguir bien lo que en nosotros, los seres humanos, proviene de la animalidad o de la humanidad. Seguramente compartimos el dolor con los animales pero no el sufrimiento.
El dolor y el sufrimiento son hechos. Están allí. Puesto que tenemos que convivir con ellos, ¿cuál es la actitud a tomar frente a cada uno? ¿Hay que evitarlos, curarlos?
Sócrates nos dice que se puede atravesar la existencia advirtiendo lo menos posible las contingencias de la corporeidad. En su obra “Fedón” intenta reducir el placer y el dolor a la ley de los contrastes. En la hora de la muerte, en la prisión, ese sabio se puso a caminar para expandir en su cuerpo el veneno que había tomado. Murió, de alguna manera, con método sin dolor ni sufrimiento.
Los estoicos romanos también se encargaron de luchar contra el dolor y el sufrimiento. Pero para ellos aquel que sufre es un “insensato”. “Si alguien pierde a su esposa, a sus ovejas, si su hijo está lejos, ¿por qué llorar?”, sostenían. Nada es malo, salvo la representación que nos hacemos de eso. Entonces todo depende de nosotros, de nuestro modo de ver la realidad que nos rodea. Cuando Epíteto decía que “el dolor no pasa de ser una opinión”, no estaba impresionado con los mártires cristianos en Roma (de los que fue contemporáneo). Pero a mi modo de ver, él se equivocaba, porque si esos testigos de Cristo morían felices no era por una provocación sino por amor. Aquí estamos ante una cuestión de sentido, no de una opinión.
Una crítica frecuente dirigida al cristianismo es que da muy “fácilmente” un significado al dolor. Esos críticos se ocultan tras la tesis de Darwin descrita en su libro “El origen de las especies” que defiende el progreso constante de los seres vivientes gracias a la eliminación de los elementos nocivos o que crean algún obstáculo. Pero, pese a esa feliz evolución, el dolor existe y hasta aumenta con la civilización. Entonces sería una advertencia: el dolor tiene una función.
Esta tesis perduró hasta la actualidad en el ámbito médico. Pero fue recientemente cuestionada después de conocerse los trabajos del profesor René Leriche, médico francés conocido como “cirujano del dolor”. Leriche señala la desproporción sorprendente entre el dolor experimentado y la gravedad del mal. “La dolorosa extracción de una uña no es vital para la supervivencia de un organismo, pero la remoción insensible de una parte de la materia cervical es mortal”. El cirujano va más allá al afirmar que las más graves dolencias avanzan casi imperceptiblemente. Cuando éstas se tornan dolorosas casi siempre es demasiado tarde. Y concluye: “Hay que dejar de ver en el dolor un aviso que, por otro lado, sería como mínimo una barbarie”.
Llegamos así al sufrimiento, un término que a menudo es confundido con el de dolor. Normalmente el sentido común tiene la costumbre de contraponer lo físico con lo mental, pero en la realidad ambos están muy mezclados. En la actualidad se habla de lo psicosomático, pero ya en el siglo XVII se preguntaban sobre la hipocondría y el dolor de barriga. Todavía hoy los niños angustiados dicen que les duele la barriga. Y sabemos que el estrés altera el sistema inmunológico, o sea, nuestras defensas, lo cual confirma que entre lo físico y lo mental la frontera no está bien marcada.
La distinción realizada por Louis Lavelle en su obra: “Tratado de los valores” nos parece fundamental y muestra que compartimos el dolor con los animales (hay medios neurológicos), pero no el sufrimiento, que es estrictamente humano. “El dolor pertenece al espacio, el sufrimiento pertenece al tiempo”. El dolor (algein para los griegos) se localiza en un lugar del cuerpo. Podemos entonces atacarlo de forma más precisa, disminuirlo y hasta eliminarlo. El dolor es lo que tenemos en común con los animales, así como las emociones de felicidad, miedo, tristeza.
Pero el sufrimiento es específicamente humano. Envuelve la zonas corticales de la vida representativa y de lo imaginario. Pertenece al tiempo. Y casi siempre el dolor no está presente en el sufrimiento. Se trata del arrepentimiento, del remordimiento, de la vergüenza, de la desesperanza. Es un pasado que nos obsesiona, un futuro que nos desespera y hasta un presente que nos oprime. Es sufrimiento está ligado a la conciencia.
El filósofo Epicuro propone que nos concentremos en el placer del momento para evitar el sufrimiento. Pero ¿hay humanidad en eso? Sabemos que lo momentáneo, lo efímero, reducido a sí mismo es absurdo. Claro que no hay que escaparle, sino que debe encontrar un sentido en el tiempo que lo contiene. “Una existencia humana –decía el filósofo Henri Bergson–, se asemeja a una oración salpicada de comas, pero jamás de puntos”. El hombre es el ser de las “distancias” que se conectan con el pasado y el futuro. Si ese pasado y ese futuro pueden hacernos sufrir, también están allí para salvarnos.
Por lo tanto, el sufrimiento, que es sin duda una prueba, es al mismo tiempo una suerte de “privilegio”, símbolo por excelencia de la condición humana. En este sentido podemos hablar de una capacidad para sufrir. Ese período al que estamos sujetos es, al mismo tiempo, fuente de prueba y lleno de sentido. Es a lo largo del mismo camino que el ser humano encuentra el sufrimiento y la libertad; acaso la salvación.





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