La política está de vuelta
Cuando se habla de la Revolución Francesa es instintivo pensar en un movimiento organizado y compacto que produjo uno de los más importantes procesos de nuestra historia occidental. Acaso no tenemos suficientemente en cuenta que ese fatídico 14 de julio la gente en París tenía hambre. La chispa que encendió la mecha de eventos que produjeron el fin del poder absolutista de las monarquías fue por lo tanto un reclamo muy concreto, una necesidad material. Pero, al fin y al cabo, de eso principalmente se ocupa la política.
El año 2011 concluyó señalando a buena parte de la opinión pública mundial un inédito regreso de la política y sus temáticas a la vida cotidiana. Pero, como en la Francia del siglo XVIII, también en este caso la mecha fueron razones materiales y muy concretas. Todo el fermento conocido como la “primavera árabe”, que produjo un decidido cambio de los regímenes dictatoriales en Túnez y Egipto, y que se extendió con diferentes resultados en Argelia, Marruecos, Siria y Yemen, comenzó ante la desesperación de la gente, en particular los jóvenes, angustiados por la pobreza, el desempleo y la falta de perspectivas. Si bien el mundo árabe mantiene por lo general una postura crítica hacia Occidente y su estilo de vida, tampoco se le escapa a los usuarios de internet con cierto nivel de educación que la democracia tiene sus ventajas y la libertad es un derecho irrenunciable. De ahí un reclamo inédito para sociedades autoritarias acostumbradas a una opinión pública sumisa.
No menos material fue el origen de la protesta conocida como el movimiento de los “indignados”, que, cual mancha de aceite, comenzó en España para luego expandirse a otros países, como Grecia e Italia (acosados por una crisis tremenda), Israel y hasta los Estados Unidos (con la ocupación de Wall Street en Nueva York, la catedral de la economía globalizada). Este malestar tiene algunos antecedentes que acaso los gobiernos no analizaron con profundidad: el de los incidentes de 2009 en los suburbios de París y los que acontecieron en agosto del año pasado en Londres.
Los sectores dirigentes se manifestaron sorprendidos ante tamaña reacción. Pero eso se debe a la miopía con la que se analizan los “daños colaterales” de la economía –como bien los describe Zygmunt Bauman–, producto de una desigualdad real y visible comenzada durante el gobierno de Margaret Thatcher y sus políticas neoliberales. Hoy existen ciudades británicas donde el desempleo alcanza el 60% y barrios enteros donde las familias disfuncionales son la norma: en gran parte madres solteras, sin otras perspectivas que vivir gracias al subsidio público. Para la economista Loretta Napoleoni, Londres se presenta hoy como una ciudad con servicios caros, próximos al colapso e insegura, que lidera el ranking de las capitales europeas en cuanto a robos de autos y con un alto porcentaje de rapiñas y trifulcas entre bandas rivales de adolescentes. El problema no es menor en Italia: los jóvenes han perdido un millón de puestos de trabajo en los últimos tres años y prolifera el empleo precario (¡contratos semanales!) o en España, o en los Estados Unidos, donde los pobres rozan los 50 millones de ciudadanos.
Los indignados se han hecho portavoces de un reclamo sin duda más sofisticado de los que lideraron la protesta en los países árabes. Pero eso se debe a una experiencia más consolidada de democracia. Lo que han puesto de manifiesto, por si hubiera dudas al respecto, es que hoy se necesita encontrar nuevas formas de participación en las decisiones que atañen a la vida de los ciudadanos. Un espacio del que, por lo visto, se ha apropiado la economía globalizada. Pero es un poder que no tiene legitimación alguna y su objetivo no es el bien de todos sino sólo de algunos.
En efecto, hasta hace 40 o 50 años acaso el voto se presentaba como la forma eminente y casi única de participación en la vida política, acompañado por la militancia, pocas veces masiva.
Sin embargo, hoy en el diccionario han ingresado nuevas palabras que son esenciales para la vida democrática. Términos como "transparencia", por ejemplo. La gente quiere saber cómo usa el Estado los recursos y hacia dónde los destina, quiere conocer el patrimonio de sus representantes y el de los altos funcionarios públicos, sus sueldos, con quiénes se reúnen estos últimos y por qué. También la expresión "rendir cuentas" se oye cada vez más a menudo luego de una gestión. "Participación" es otra palabra insoslayable, sobre todo a nivel local, donde es más fácil consultar a la ciudadanía sobre las decisiones que afectarán su calidad de vida. Proliferan programas y organizaciones que se encargan de asesorar y preparar a los funcionarios de los Ejecutivos nacionales y locales acerca de estas herramientas que permiten una real participación de la ciudadanía en la gestión de la cosa pública. En nuestro país se llevó a cabo con éxito la experiencia de las Auditorías ciudadanas, que inexplicablemente no tuvo continuidad desde el Poder Ejecutivo.
Se une a las dos tendencias citadas el hecho de que los cambios políticos que han marcado la región sudamericana han provocado en general un cierto regreso a la militancia política y ciudadana.
Tenemos la oportunidad de aprovechar estas tendencias, tanto para abrir el camino a formas de democracia (que serán distintas y seguirán las pautas culturales locales), como para profundizarla de acuerdo con los cambios sociales y culturales acontecidos. Comenzando porque la política retome las riendas de la economía y no viceversa.





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