“Los demás me construyeron”
Nacido en Roma en febrero de 1937, en el seno de un familia trabajadora, cursó Filosofía en la prestigiosa Universidad La Sapienza. Durante su período de estudio también se reunía en la iglesia de Sant’Andrea della Valle con la naciente comunidad de los focolares en su ciudad. Contagiaba este ideal evangélico a otros estudiantes, entre ellos la actual presidente del Movimiento, Maria Voce, y seguía la carrera de Derecho. Nuccio siempre fue un hombre tan tímido como increíblemente entrañable. Él dice que se encontró a gusto con esa “regla” de Chiara Lubich que consistía en vivir primero y hablar después. En efecto, Maria Voce le había preguntado por su grupo repetidas veces hasta que una vez lo sentó en una silla y le dijo: “Tendrás que contarme”. Él la recuerda como una joven sociable, inteligente y alegre.
Terminados los estudios, Nuccio comenzó a vivir en el focolar: estuvo en Cerdeña; en Roma, durante la primera Escuela internacional de formación; dos años en Toulouse y luego la larga etapa de Sudamérica. Primero Uruguay, y en seguida la Argentina, donde inició la Mariápolis de O’Higgins en 1968. Durante esos años, cientos de jóvenes pasaron algunos meses y hasta años “haciendo la experiencia” de construir la unidad en la vida cotidiana, trabajando, rezando, estudiando, practicando deportes, componiendo canciones… pero sobre todo dando testimonio evangélico de una sincera entrega a los demás para cambiar el rumbo de la sociedad.
Nuccio viajó en los medios de transporte más dispares por varios países de nuestro continente, amó a su gente y a sus culturas, fue apasionado lector de grandes escritores latinoamericanos (“Cortázar, Sabato, Onetti, García Márquez… constituyeron un gozo intelectual y me permitieron entrar en estas tierras”). Desde el 2 de febrero de 2006 reside en La Habana, como él refiere con precisión de fechas.
“Desde chico –cuenta– pensaba en la vocación sacerdotal, pero quería encontrar formas nuevas de llegar sobre todo a la juventud. El encuentro con los focolares, al comienzo, no me causó impacto alguno: yo miraba todo desde afuera y me parecía ya conocer lo que se decía”.
Cuando le pregunto por qué eligió Filosofía me aclara: “En realidad yo sentía atracción por las matemáticas, por las ciencias, pero elegí la filosofía como propedéutica (1)”. Todavía muy joven, se enfermó de pulmonía y no pudo dejar la cama por largo tiempo. Nuccio sintió que todo lo que se había propuesto terminaba: ya no podía ir a ayudar a los pobres, encontrarse con sus amigos ni asistir a las clases… “Poco a poco –relata–sentí la exigencia de ir a las misas que organizaba el Movimiento, no aprobado todavía por la Iglesia, en las catacumbas de Roma, en el lugar de los primeros cristianos”. Allí comprendió con una suerte de luz interior que si bien el sacerdocio era un don de Dios, no era Dios. Recuerda una extraordinaria página de Chiara que habla de Jesús que camina, que reza en el mundo, sin esquemas ni estructuras. Esa imagen de Cristo que pasa lo acercó definitivamente a la nueva espiritualidad que había conocido.
“Otro aspecto que debo consignar –agrega– es la confianza que experimenté por parte de los demás, ya que me propusieron hacerme cargo de las comunidades desde el sur de Roma hasta la ciudad de Nápoles… y yo no quería defraudar a mis amigos”.
Pero en la vida de este dirigente de los Focolares siempre hubo (y lo observa él mismo) dos aspectos: las etapas dolorosas o fuertes y los momentos más luminosos. Aclara que ninguno fue fácil, tanto en lo material como en lo espiritual y personal. “Y hubo de mi parte –agrega– debilidades, errores, oscuridad… pero contemporáneamente el amor de Dios solía manifestarse como luz y el encuentro con las personas era a menudo muy rico”. Él repite que de cada una de las múltiples personas que le tocó conocer a lo largo de su vida, recibió mucho. “No recuerdo –insiste– a nadie que no me haya dado algo; si bien tengo la certeza también de haber tratado siempre de dar algo de mi parte”.
Nuccio Santoro define la existencia humana como “intentar estrechar relaciones que tiendan a la eternidad”.
Recuerda con especial alegría y plenitud su período en Toulouse: “En Francia yo recibí mucho en contacto con una mentalidad tan rica y sutil, pero también percibí el peligro de la extrema racionalidad y capacidad crítica que al tiempo me atraía y, por momentos, me ofuscaba”.
De América Latina son tantas las impresiones y las experiencias vividas que sería imposible resumirlas. Cuando le pido que defina el continente desde su propia trayectoria, me dice: “Como una gran potencialidad, con una riqueza de humanidad subyugante. Si Francia me había satisfecho con la perspicacia, el gusto por el análisis, la severa racionalidad, América latina me permitió encontrar a los hombres y a las mujeres con todas sus dificultades y contradicciones, pero con corazones vivos, capaces siempre de amar y perdonar. Personas no atadas a las ideologías sino abiertas a los demás, por encima de los límites personales. En estos países la amistad entabla un vínculo para siempre”.
Para él se trata de una humanidad concreta, viva y sufriente, pero capaz de gozar la vida y a la vez sensible a lo sobrenatural.
Sobre su Cuba amada cuenta: “Diría que no todo lo espiritual lo expresa la religiosidad popular, que es más bien exterior, hay otra dimensión más profunda y auténtica que, creo, responde mejor a los planes de Dios”.
Durante algunos años volvió a residir en Europa y debió viajar por medio mundo. Le sugiero que lo resuma en una frase: “Europa es única, te embellece la inteligencia. Recibí muchísimo también de la mentalidad asiática, de su enorme y honda capacidad de silencio y de escucha. En África y Medio Oriente me pareció vislumbrar el más profundo sentido de familia entre las personas, las relaciones. Se trata de múltiples facetas que me construyeron como hombre y de las que estaré siempre agradecidos”
1. Enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina.





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