“¿Adónde vas todas las noches, papi?”
Tengo siete hermanos menores. Yo soy la mayor, pero en ese entonces no tenía aún diez años. Mi madre siempre tuvo mucho quehacer –no es difícil de imaginar– y además esperaba el octavo hijo. Yo veía a mi padre salir cada noche con un aire jovial, con su uniforme (era oficial del Ejército). Mi madre, en cambio, se quedaba en casa limpiando, lavando y planchando la ropa.
¿Adónde iba mi padre todas las noches? Mi madre me explicaba: “Sabés, él es el presidente del Club de Oficiales. Debe estar presente cada noche en todas las fiestas o reuniones”. Pero yo no podía entender por qué ella no lo acompañaba. Día tras día eso se convirtió en mi problema, mi gran preocupación.
Pasaron los años, y el problema de mi padre comenzó a volverse pesado para mí, sobre todo cuando entré en mi adolescencia. Vi muchas veces llorar a mi madre: estaba muy sola. Su rostro estaba prematuramente envejecido. Papá volvía a altas horas de la noche, y yo, desde mi cama, con los ojos medio abiertos, asistía siempre a la misma escena.
No quería ni siquiera respirar, para que nadie se diera cuenta de que seguía cada paso de la situación. Mi padre entraba en casa tropezando, siempre borracho, pronunciando palabras inconexas, y se quedaba mudo con mamá. Después, se apagaban las luces y se hacía un profundo silencio en toda la casa. Muchos pensamientos pasaban por mi cabeza de adolescente, mientras que el corazón, que parecía no aguantar más, latía con fuerza. El sueño también se hacía agitado, con extrañas pesadillas. Era así todas las noches.
Cuando nos reuníamos en la mesa, no podía mirar a la cara a mi padre. Me sentía muy enojada con él. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué tenía que decirnos? Yo estaba completamente del lado de mi madre. Ella sí era mi familia, yo la valoraba mucho.
El ambiente familiar era cada vez más pesado. Poco a poco, pude abrirme con mi mamá. Le comuniqué claramente cómo veía la situación respecto de su marido, es decir, mi padre. Ella parecía compartir todo lo que yo decía. Y siempre terminaba mis desahogos de manera muy dura. Las dos llegamos a la misma conclusión: papá tenía que irse. Esa situación no podía continuar. Era preciso decírselo.
Un día mi amiga Juliana me dijo algo que me hizo pensar mucho. Sin embargo me rehusaba a creer que fuera cierto. ¡Si pudiera confiar en lo que me decía mi amiga, quizá la situación de mi padre cambiaría! El modo de hablar de Juliana y sus palabras ejercían una gran fascinación en mí. “Marisa, vos estás sufriendo, pero también buscás la felicidad. Si fueras capaz de ir más allá de tu dolor y pese a todo amaras a tu papá, eso podría abrir un nuevo horizonte en tu vida. Podemos comenzar a hacerlo juntas, contá conmigo, yo te voy a acompañar”, fueron sus palabras.
Era un modo de pensar totalmente nuevo. ¿El dolor? Para mí era una persona más que una situación. Tendría que comenzar a amar concretamente a mi papá. Advertía que Dios me daba una oportunidad para seguirlo y me decidí a escuchar ese consejo.
Esa noche me quedé esperando el regreso de mi padre hasta la madrugada. Mi corazón latía más rápidamente de lo habitual. Mi madre se había ido a dormir, ella no sabía de mi decisión.
Oí que alguien trataba de abrir la puerta y fui a su encuentro, pero no con un sentimiento de compasión sino de amor; un amor que tenía que ser paciente, que debía ir más allá de lo que veía y que tenía que ser misericordioso.
“Vení, papá. Vamos despacio, porque todos están durmiendo. Acostate mientras te preparo algo que te haga sentir mejor”. Mi corazón latía aún más fuerte. Él me miraba pronunciando palabras sin sentido, pero con una sonrisa en el rostro y haciéndome señas con el dedo para que caminara lentamente.
Lo mismo volvió a ocurrir noche tras noche. Todos los días yo inventaba algo nuevo: una broma, algo para calentarle los pies... Su mirada perturbada, su rostro desfigurado, su presencia ya no me causaban miedo. Cada noche lo esperaba y en algunas ocasiones su rostro me recordaba al de Jesús en la cruz.
“¿Sabés qué pasó?”, le dije a mi madre y, en confianza, le conté todo lo que estaba sucediendo en aquellos días a partir de mi cambio de actitud. Le hablé de cómo estaba experimentando el amor de Dios y de cómo eso me había ayudado a cambiar mi punto de vista sobre mi padre, amándolo concretamente sin esperar nada a cambio. Y le propuse: “¡Vamos a hacerlo juntas, mamá! Él necesita sentirse querido”.
Fue difícil, pero con el tiempo nuestro amor fue ganando. Papá logró vencer la adicción al alcohol y ya no salió más de noche.
Marisa (Brasil)





Enviar un comentario nuevo