El bosque que crece

Con mucho más para dar


04 Mayo 2014

Fotos: Asociación 50-60

Discriminados por su edad, sin ser valorados por sus aptitudes y experiencia, son muchos quienes quedan al margen del mercado laboral antes de tiempo.

Años, décadas trabajando, apostando quizás a una carrera, aportando al Estado. Y de pronto, sin contar la capacidad, la experiencia ni la voluntad, pasan a ser parias. Excluidos. Caídos del sistema. Demasiado jóvenes para poder jubilarse, demasiado viejos para seguir en un mercado laboral voraz, que cada vez los quiere de menos edad.
Así, con esa realidad, hace una década nació la Asociación 50 a 60. Diez años después mucho lograron, pero, lamentablemente, el problema sigue tan vigente como entonces. Quizá más, porque se agudiza. Y ahora, hasta los jóvenes ya son viejos.

“La realidad es la misma. Si bien desde entonces muchas personas encontraron un paliativo con la ‘jubilación anticipada’, muchos otros quedaron marginados del mercado laboral a partir de los 40 años, por poner un piso”, evalúa Alicia Gaitán, presidenta de 50 a 60.

Justamente la ‘jubilación anticipada’ fue uno de los logros de la entidad, que hizo visible la necesidad de una respuesta estatal en ese sentido. Recuerda Alicia cómo empezó todo: por las cartas de lectores a un diario. “Un periodista del diario Clarín se hizo eco de varias cartas que habían recibido en la sección ‘Cartas al País’ durante los últimos meses de 2003, dando cuenta de un reclamo legítimo: trabajo o prestación jubilatoria. El domingo 4 de febrero de 2004, una nota en doble página de la sección ‘Economía’ cambió el rumbo de muchos ‘excluidos’. Teníamos entre 55 y 60 años y contábamos con los años de aporte que requiere el sistema jubilatorio, pero lamentablemente no alcanzábamos la edad para solicitar el beneficio jubilatorio. Fuimos llamados ‘viejos para trabajar, jóvenes para jubilarse’”.

Alicia habla del contexto de ese momento: estaban en la grieta provocada por el desempleo y la reforma previsional de 1994, muchos carecían de obra social o cobertura médica y, a pesar de su experiencia laboral, no conseguían un trabajo formal por su edad. Se organizaron en una asociación y presentaron un anteproyecto de ley al Congreso para poder acceder a esa jubilación anticipada.

La asociación siguió durante todos estos años y lo sigue haciendo hoy, trabajando activamente para generar conciencia sobre el grave problema de la discriminación por edad. “El trabajador de edad no es un problema que, desde una perspectiva economicista, haya que minimizar, sino una fuente de ventajas y oportunidades que concilia la eficiencia económica y la eficiencia social”, explica Gaitán. Así, orientan a quienes la padecen y también asesoran en materia previsional y de seguridad social.

En una sociedad que considera cada vez más la juventud como un valor supremo, ¿cómo lograr revertir la discriminación? Gaitán señala primero algo fundamental para entender como sociedad: que la clave está en las aptitudes, no en los años: “Desde la perspectiva del trabajador, la prolongación de la vida activa marcha en paralelo con el aumento de la expectativa vital y de la calidad de la formación y del empleo. La edad no es la causa de la pérdida de productividad, sino la obsolescencia de las aptitudes. Es, por tanto, un problema de ajuste y de mejora de experiencias y aptitudes, no de calendario”.

Sin embargo, la mirada de Gaitán encierra cierto pesimismo. “Es necesario abrir, de par en par, las puertas a las personas adultas, con vistas al aprovechamiento inteligente de su riqueza intelectual, de su experiencia reflexiva y madura, así como de su capacidad creativa. La discriminación, por razón de edad, alcanza mediciones de crueldad. Si las tendencias registradas en el mercado laboral persisten, los adultos que superan los 40 años pasarán a ser uno de los grupos más expuestos al flagelo de la pobreza y la exclusión social”, vaticina.

En este escenario, “combatir la discriminación es un deber del Estado y un compromiso de todos”, considera Alicia. Ella asegura que el mercado laboral está evolucionando con un mayor crecimiento en el sector de servicios, con una reducción de los trabajos manuales y un crecimiento de los no manuales o intelectuales, lo que permitiría una mayor inserción laboral de las personas de más edad. “Son los interlocutores sociales quienes deben promover las medidas necesarias y facilitar la transición hacia una vida laboral más larga. La promoción del envejecimiento activo, a fin de aumentar la capacidad de los trabajadores de más edad y sus incentivos para permanecer en el mercado de trabajo, debe convertirse en una dimensión esencial de las relaciones laborales”, plantea.
 
¿Y el después? ¿Qué pasa cuando el ciclo laboral se termina? Primero, dice, hay que desmitificar la palabra “jubilado”. “La jubilación es un cambio muy importante que implica muchas cosas, por ejemplo, un cambio sustancial del manejo del tiempo. Además, el significado intrínseco de la jubilación supone que la persona ya no está más en condiciones de trabajar, cuando a veces esto no es real. Es aconsejable que quien siempre trabajó, siga haciendo actividades luego de su retiro: es la mejor oportunidad para hacer todo lo que fue postergando por falta de tiempo”, recomienda.

Pero no soslaya algo que no es menor: cómo el momento de la jubilación se vive con angustia porque el haber jubilatorio no alcanza a cubrir la canasta básica, y son los miembros de la familia quienes deben terminar ayudando al jubilado. “Tan azarosa e injusta es la historia de la evolución de las jubilaciones en nuestro país, que a veces se tiende a considerarlas dádivas que otorga el Estado, cuando en realidad consisten en el pago de una deuda contraída con los trabajadores por todo lo que aportaron durante su vida activa. Ese dinero no pertenece al Estado y toda forma de reticencia en su devolución, mantiene y acrecienta la deuda con aquellos que ya no tienen tiempo para esperar que les devuelvan lo que legítimamente les pertenece”, concluye

Más datos: www.asociacion50a60.com.ar

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