Día del niño

La vida según Juanpa


06 Agosto 2014

Comprender la mirada y sentimientos de los chicos nos puede ayudar a amar a nuestros niños en los particulares de la vida diaria.

Hola! Soy Juanpa y les voy a contar cómo es la vida de los chicos de cuatro años; dice mi mamá que ustedes, los grandes, también tuvieron cuatro, y pueden acordarse de cómo era, pero yo los veo que andan medio olvidados. Le pregunté a mi mamá: “Si uso las palabras difíciles que ustedes usan, o sea, el idioma, como dice la seño, ¿me van a entender mejor?” “Claro”, me dijo. Y como los grandes nunca mienten….

Lo primero es que hay momentos para nosotros en que el mundo es muy incómodo: las cosas son demasiado grandes, las galletitas están en un estante imposible de alcanzar, la mesa donde comemos me queda alta (y eso que yo siempre me siento bien porque mi mamá se la pasa “Juanpa, sentate bien”, “Juanpa, sentate bien”). ¡Qué hincha es mi mamá a veces! Muchas veces me arrodillo en la silla para llegar mejor al plato, pero no es lo mismo, ¿ustedes probaron comer arrodillados? Y lo mismo me pasa cuando me quiero lavar los dientes, porque ya me enseñaron cómo tengo que hacerlo solo, pero ¿cómo hago si ni siquiera llego a abrir la canilla? 

Yo, una cosa secreta que pienso, es que al mundo lo deben haber armado los grandes para los grandes. Menos las plazas y las canchitas de la esquina, que son lugares a donde tendrían que llevarnos y dejarnos ir más seguido aunque sea capricho como dice mi mamá, que de caprichos sabe un montón, parece.

A veces, a la noche, me termina doliendo el cuello de estar todo el día mirando para arriba. Por ejemplo, mi papá, que es tan fuerte que le gana a cuatro leones y dos dinosaurios juntos y tan gigante que cuando me abraza me levanta hasta casi tocar el techo y me hace sentir que me quiere hasta infinito punto rojo, cuando me reta, en cambio, no me alza ni tampoco baja hasta donde estoy yo. Entonces me queda allá lejos, y lo que me dice no lo entiendo mucho. “Te dije mil veces que no hagas eso”, es su frase favorita en esos momentos. Entonces me pongo mal y me da un poco de miedo, especialmente cuando me grita. Yo preferiría que se sentara al lado mío y me explicara en qué me equivoqué con el mismo tono con el que me cuenta el cuento del dragón que lanzaba caramelos en vez de fuego, estoy seguro de que así funcionaría mejor.

Lo otro que quiero decirles es que nosotros los chicos los estamos mirando todo el tiempo. Es la manera más rápida y mejor de aprender que tenemos. Mirando a los grandes aprendemos casi todo: cómo hablarle a los demás, qué hacer cuando algo no nos sale y cómo hay que atarse los cordones de las zapas con doble nudo para que no se nos desaten cuando corremos (es muy difícil, todavía mi papá me ayuda). A veces aprendemos las cosas solos, como por ejemplo cómo usar la compu o los juegos del celular de mamá. Es una facilidad que traemos desde antes de nacer, dicen todos. Unas poquitas veces aprendemos de algo que ustedes nos dicen, pero más que todo aprendemos por lo que vemos, aunque ustedes ni se imaginen, porque nosotros los chicos no vemos sólo con los ojos, tenemos la capacidad de percibir con el corazón lo que está pasando en el corazón de los otros. No podemos explicarlo con palabras, como yo ahora, pero lo sentimos en el cuerpo. Cuando los papás se pelean en el cuarto, aunque tengan la puerta cerrada y nos digan que no pasa nada lo re sabemos de antes ya, porque los chicos tenemos oído absoluto para la música de la vida, y si hay tensión en el ambiente, escuchamos afinada o desafinada la melodía que suena en nuestra casa.

Tampoco entiendo una cosa: mamá y papá les sonríen a algunas personas y les dicen cosas lindas y después, cuando se van, agarran y hablan mal de ellos, como pasó con mis tíos el otro día. No sé, a veces me confunden mucho los grandes.

A los cuatro años, los chicos disfrutamos cada segundo de la vida cuando vemos a mamá y papá felices, cuando se dan un beso, cuando nos dicen: “qué lindo lo que hiciste”, o “no te preocupes, ya te va salir”, o “dale, no pasa nada, vos podés”. Uno de los momentos que más me encantan a mí, es cuando mi mamá canta mientras hace la comida, o cuando papá vuelve un rato más temprano a casa del trabajo y se sienta a ver los dibujitos conmigo. 

Las cosas a los chicos nos pasan primero y principal por el cuerpo. Cuando hay problemas en casa, o estamos un poco confundidos por una mudanza o algún cambio familiar, o nos cuesta adaptarnos a algo solemos cambiar el humor y pegarle una patada a alguien, o hacer escándalos por cualquier cosa, o hacerles pasar vergüenza en público (esa es mi favorita). O nos hacemos pis a la noche. 

Cuando eso pase no se preocupen, ni se apuren, ni nos apuren. Lo mejor es acompañarnos, tenernos paciencia, repetirnos las cosas muchas veces y sobre todo enseñarnos con lo que ustedes hacen. Nuestro aprendizaje no es lineal, por momentos vamos y venimos, avanzamos y retrocedemos y lo necesitamos para crecer seguros.

Y quería decirles además algo muy serio y medio asustador… algo del tema de la noche. No me sale entender por qué yo que soy chiquito tengo que dormir solo en mi cuarto y mamá y papá, que son grandes, duermen juntos en el suyo, me parece que eso no se vale, pero bueno, papá dice que así es crecer, aunque a mí no me preguntaron nunca si yo estaba de acuerdo.

Pero la verdad la verdad es que hay una diferencia enorme cuando, ya metido en mi cama antes de dormirme, papá me cuenta un cuento, o cuando no me lo cuenta porque dice que está cansado.  Porque cuando yo escucho su voz relatando la historia del dragón que lanzaba caramelos en vez de fuego mi cuerpo se va relajando, relajando, despacito, así... y mi cabeza se siente con mucha paz y todo y yo me siento más seguro, protegido y querido. Y así se va esa duda fea que a veces me agarra de si va a haber sol de nuevo o si van a seguir estando mañana mis papás. Igual una luz prendida en el pasillo es lo más para los chicos de cuatro años,  porfi acuérdense.

Una cosa chiquita pero importante que quería aclararles es que los chicos de mi edad no entendemos cuando nos dicen “el viernes es el cumple de tu padrino” o “a fin de año es Navidad” o “cuando lleguen las vacaciones vamos a ir a la playa”, porque no sabemos todavía de nociones de tiempo que vayan más allá del hoy, sólo vivimos el momento presente y a veces tenemos la sensación de que los grandes viven para lo que va a venir después.

Sí guardamos en nuestro corazón cada una de las promesas que nos hacen nuestros papás, porque confiamos en ellos y sabemos que lo que nos dicen es lo que va a pasar. 

Esta mañana, antes de irse a trabajar, mi papá me dijo que me iba a traer una sorpresa cuando volviera a casa (los papás nunca te dicen qué va a ser la sorpresa porque es sorpresa). Yo durante el día, en muchos momentos, traté de apurar el tiempo, que el sol se fuera y se hiciera de noche, para  poder recibir lo que me prometió. Yo no sé si él lo dijo como una cosa más, al pasar, mientras tomaba mate, pero esperé esa sorpresa con mucha fuerza. Y aunque a veces, cuando me dice que se olvidó se me hace como un agujerito acá adentro, esta vez llegó y me sacó de la oreja un paquete de figuritas del Mundial y ¡fue espectacular! Además le dije que estaría buenísimo que algún día me llevara al trabajo y me contara lo que hace, ¡si está casi todo el día allá debe ser increíble! ¿Habrá una plaza con hamacas en el trabajo de mi papá?

También quería contarles que los chicos sentimos un montón de cosas adentro, en la panza o en el corazón, no sé muy bien dónde, que se llaman sentimientos. Por ahora sabemos distinguir sólo tres: estar contento, estar triste y estar enojado. Yo supongo que hay más pero necesito que me los expliquen, porque el otro día cuando me dijeron que iba a venir un hermanito nuevo a casa sentí algo raro que no es ninguno de los que les conté antes. Y yo no sé si es bueno o malo sentir eso, y tampoco sé qué se hace con eso que estoy sintiendo.

La otro vez vino un amigo del jardín, Pedro, a jugar a casa. Y yo no sé bien por qué pero aproveché que nadie nos veía y lo mordí. Él lloró como un llorón y vino mamá, vio el brazo de Pedro y adivinó que yo le había mordido (mi mamá es muy inteligente). Me dijo que “me fuera al baño a pensar” y que estaba en petinencia. Para mí es raro, porque al baño vamos a hacer pis y caca y eso no es petinencia, eso es bueno porque sacás de adentro lo que el cuerpo ya no necesita, eso también me dijo mamá. Yo cada vez que voy al baño no pienso nada, hago pis y listo, no entiendo por qué a veces tengo que ir al baño porque hice algo malo. ¿Será malo ir al baño entonces? Mis papás no me lo explicaron bien todavía. Yo sé que morder está mal, pero para mí también está mal que vaya a venir un hermanito, yo no lo pedí, estaba muy contento así y no necesito otro en casa que me saque los juguetes. Y compartir no está bueno, ¡no me gusta! ¿O a ustedes les gusta compartir la plata con otros? Yo no veo que compartan el auto de papá con sus amigos.

Y una cosa más: no se enojen si el día del niño nos regalan un camión que viene adentro de una caja y nos termina gustando más la caja que el camión. Con las cajas se pueden imaginar juegos increíbles (¡igual no se lleven el camión!).

Pero el regalo más lindo que pueden hacernos es ser lo que los papás tienen que ser: los más, más mejores que aman de todos. Que los papás se tiren al piso y jueguen a las luchas con nosotros o  vengan a la canchita a patear la pelota, que las mamás nos abracen, nos hagan cosquillas y nos den miles de besos, que nos lleven a caballito por la calle, hasta cuando vamos a dejar la basura, que nos dejen disfrazarlos, que jueguen al juego que nosotros queremos. Que tengamos que decirles: “¡Basta del abrazo papá, soltáme!” Aunque en realidad queramos que dure para siempre, porque estamos felices de que sea así.

Y que nos digan que somos lo mejor que les pasó en la vida, eso nos vuelve locos de contentos.  Que lo digan de verdad, porfi, que se les note en la cara y en el cuerpo, porque nosotros nos damos cuenta de todo.

Y ahora chau que empiezan los dibu. 

Juanpa.

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