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“El ecumenismo es un camino de cruz” |
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Francesco Ballarini, sacerdote italiano radicado en la Argentina, habla de su vocación religiosa, del compromiso social y del diálogo entre cristianos. |
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Nació en 1949 en la hermosa Verona, escenario del mítico amor de Romeo y Julieta, la ciudad de la Arena romana con sus grandes representaciones líricas, la del sobrio castillo a orillas del dulce río Adige, lugar de palacios y basílicas, de puentes y de plazas tan sugestivas como la de las Hierbas. Allí Francesco Ballarini fue ordenado sacerdote en 1974 y luego se ocupó de varias actividades pastorales, incluyendo la tarea docente y los contactos en el ámbito universitario, hasta que decidió viajar a la Argentina para colaborar, como tantos otros sacerdotes extranjeros, con la Iglesia local. Estuvo aquí en los primeros años de la década del ’80, para establecerse entre 1989 y 2005. Después de un receso en su ciudad natal donde coordinó la acción de Cáritas, regresó el año pasado. Es sacerdote de la parroquia de Santa María en Hudson, diócesis de Quilmes, y trabaja también en la vicaría de ministerios para atender a los ochenta sacerdotes y a los setenta diáconos permanentes.
Desarrolló una activa labor social en favor de chicos en riesgo y fue secretario ejecutivo de la Comisión Episcopal de Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo, el Islam y las Religiones. Además de encargado para los sacerdotes y religiosos italianos en la Argentina, fue cofundador del Foro Ecuménico Social y de la Fundación Cláritas.
La conversación con él giró, precisamente, sobre los tres ejes que signan su vida: el sacerdotal, el social y el ecuménico. “Ciertamente -comenta- mi vocación al sacerdocio, es decir, a elegir a Dios en ese ministerio, maduró al calor de una tradición familiar muy comprometida: mi abuelo, católico antifascista, fue un hombre de profunda oración, particularmente sensible a las necesidades de los demás”. En efecto, todos los miércoles y viernes lo visitaban dos indigentes de la ciudad para compartir su mesa. Cuando murió, la familia supo de mucha gente a quién él ayudaba. Esa silenciosa tradición fue heredada por su padre. Y se enteraron después, por el almacenero, de las familias a las que ayudaba.
Para Francesco, criado en ese contexto, no hay compromiso religioso que no se acuerde con el social. Fue importante el contacto, durante su juventud, con el carismático Carlo Carretto, discípulo de la espiritualidad de Charles de Foucault. Más tarde, el encuentro en su tierra con el sacerdote argentino Enrique Cambón le abriría las puertas al carisma del Movimiento de los Focolares. Recuerda que ya antes había leído con gran admiración algunas meditaciones de Chiara Lubich, cuando su pensamiento y su propuesta aún no eran bien vistos por la Iglesia italiana. Hablar de unidad y de espiritualidad mariana y laical despertaba suspicacias en la jerarquía.
“Siento mi sacerdocio –explica Francesco- desde una perspectiva mariana: se trata de dar vida a Jesús”; definición que conjuga sacerdocio y vocación mariana, jerarquía y servicio, enseñar y estar a la escucha.
“El encuentro con la Iglesia latinoamericana –señala- me enriqueció profundamente y me confirmó en la percepción de que el sacerdocio cobra todo su sentido si se hace cargo del contacto real con la gente, con personas que muchas veces son pobres en lo económico pero ricas en humanidad”. Precisamente, “experta en humanidad” era la definición de la Iglesia que acuñó Pablo VI.
En 1992, Francesco Ballarini comenzó su trabajo con chicos en situación social de gran riesgo. Gracias a sus numerosas amistades, tanto en el país como en Europa, pudo contar con la colaboración de muchos voluntarios. Después de años de ardua tarea, para él y sus colaboradores es una gran alegría ver jóvenes que ahora tienen un oficio, un trabajo y algunos hasta un título universitario. “Como en muchos casos hablamos de chicos de ambientes familiares pobres, donde es frecuente la ausencia paterna –explica Francesco- siempre apuntamos a los vínculos”. Hasta hoy, a diario, más de ciento cincuenta chicos de tres a dieciocho años pasaron por los talleres del centro de apoyo integral, donde se ofrece atención psicológica y educación para el trabajo. Allí aprendieron y aprenden panadería, inglés, peluquería, computación, jardinería… “Cuando un chico advierte que hay personas que se interesan de verdad por él, se siente reconocido en su dignidad, valorado. De hecho, todo lo encaramos junto con ellos, escuchando sus exigencias, porque tenemos que enseñarles a pescar, pero también acompañarlos cuando salen a pescar, saber ir juntos”.
En otro orden, por su formación y su participación activa en el diálogo ecuménico e interreligioso, Ballarini sostiene que el desafío radica en descubrir en el otro, identificado con cualquier denominación o credo, “antes que nada, a una persona”. Y recuerda al cardenal Walter Kasper, en su visita a la Argentina en 2001, cuando afirmaba que no se puede hacer ecumenismo si no se entabla antes una amistad. En efecto, cuando se construye una amistad en el ecumenismo, se torna real lo que decía Juan Pablo II: el diálogo es un intercambio de dones. “Para mí –confiesa- hay algo muy importante en este campo: creer en el diálogo es sentir la fe del otro como propia, la comunidad del otro como propia. Es fundamental no vivir en competencia sino en comunión”.
¿Es el ecumenismo un camino o una meta? “El ecumenismo es un camino, la unidad es la meta, la unidad eclesial de los cristianos y la fraternidad con todos. Pero el camino ecuménico es un camino de cruz, porque implica fidelidad a la Iglesia a la que pertenecemos y fidelidad a la Iglesia que soñó Jesús cuando pidió por la unidad. Es necesario caminar con la cruz que suponen estas dos fidelidades para hacer real el mandamiento de Jesús y el mundo crea”. |
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| Personajes |
| Un cura y sus varios frentes |
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