Lo que puede la negociación  
   
  ¿Cómo es que Brasil se encontró mediando en un acuerdo sobre el proyecto nuclear iraní? La pregunta sugiere múltiples respuestas. Comencemos por recordar que la polémica sobre la decisión de Irán de desarrollar tecnología nuclear lleva ya algunos años. Ese país justifica su intención afirmando hacerlo con fines pacíficos: satisfacer la demanda energética interna, a pesar de ser el cuarto productor mundial de petróleo. Sin embargo, los Estados Unidos y otros países han acusado a Irán de pretender, en realidad, desarrollar armas nucleares. Irán, por su parte, con actitudes pendulares y a menudo rayanas en la bravuconada, a través de su presidente, Mahmoud Ahmadinejad, reclama el derecho a desarrollar tecnología nuclear. Pero la actitud iraní nunca ha sido transparente y su mandatario ha jugado mucho con la ambigüedad. Para su gobierno, la vigencia de un enemigo externo como los Estados Unidos es útil en el frente interno, donde la oposición reclama desde hace tiempo un clima más moderado y una mejor democracia.
Por otro lado, en el plano internacional, se acusa a Irán de fomentar actividades terroristas –basta pensar en la pista iraní a propósito del atentado a la AMIA– o de financiar grupos guerrilleros como Hezbolah o Hamas.
En efecto, la política de Teherán no contribuye a la seguridad internacional. Como tampoco lo hace la absurda postura de pretender la destrucción del Estado de Israel.
Pero hay que reconocer que no es el único ni el más peligroso de los gobiernos que hoy atentan contra la seguridad y la paz. Ciertos aliados de los Estados Unidos, como Uzbekistán, Georgia, Kirguizistán, Kazakistán, Pakistán y Arabia Saudita, no son más democráticos –es evidente a partir de los informes anuales de Amnistía Internacional–, ni más pacíficos. Como tampoco contribuye a la paz la actitud del gobierno de Israel en el manejo del conflicto con los palestinos, actitud que le ha valido críticas también desde la Santa Sede, cuya diplomacia es conocida por su prudencia.
Pakistán, pese a la alianza con la Casa Blanca, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, es probablemente el país que más contribuye a la difusión del terrorismo. Su política con Al Qaeda, si es que existe esta organización, y con los talibán, debería ser observada con más atención. El gobierno plagado de corrupción y vinculado con sectores fundamentalistas controla armas nucleares sin que ello inmute a Washington, lo cual abona el discurso iraní sobre el derecho a poseer este tipo de armamento. A su vez, la Casa Blanca colaboró para que Israel fuese la cuarta potencia nuclear del mundo después de los Estados Unidos, Rusia y China, lo cual es cuestionable.
Este doble discurso, la pretensión de imponer sus criterios y la ostentación de planes para el eventual “uso de la fuerza” contra Irán se han transformado en el “barril de vinagre” con el que el gobierno norteamericano presiona al de Teherán.
Convencido de que ha llegado la hora de que se asomen en el escenario internacional países emergentes, y de que la negociación diplomática debe ser la principal herramienta para la democracia, el presidente brasileño Lula da Silva logró por este medio en poco tiempo lo que no se obtuvo durante años: un acuerdo para controlar el uranio enriquecido que Teherán necesita. Con la colaboración de Turquía, Lula alcanzó así la verificación del uso pacífico de esta tecnología.
Por mucho menos, Barack Obama recibió el premio Nobel de la Paz.
Sin embargo, por cuestiones de política interna, luego de haber avalado la mediación de Lula y los contenidos del acuerdo alcanzado, la Casa Blanca rechazó el acuerdo y todo se echó a perder. Poco después, el Consejo de Seguridad de la ONU, con el voto contrario de Brasil y Turquía como miembros temporales, aprobó nuevas sanciones contra Irán. Y así se aportó una innecesaria dosis de tensión que explicaría dos cosas: la intención de Washington de retener la exclusividad de la iniciativa política en el plano global; y que el clima de inseguridad es funcional a la imposición de un orden mundial a la medida de los Estados Unidos.
Pese a todo, el inédito gesto de Lula posiblemente no fue estéril. Brasil, como la India o Sudáfrica, representa a los países en desarrollo que están reclamando mayor contemplación de los intereses y las aspiraciones de gran parte de la humanidad que vive en las regiones periféricas del planeta. No es de excluir que iniciativas de este tipo logren convencer de que es justo y sabio construir un nuevo orden mundial sobre la base de otros criterios, más democráticos.
 
 
  Editorial
  Brasil y el diferendo con Irán
 
 
Julio de 2010    
 
 
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