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Desafíos cotidianos |
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Como hace 48 años, la Mariápolis del Noroeste se realizó en Santa María de Catamarca, corazón de los Valles calchaquíes, la tierra que acogió y vio nacer la primera Mariápolis de Hispanoamérica. |
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Tierra calchaquí es Santa María, en la precordillera andina, que albergó hace once mil años el paso del hombre primitivo. Los conquistadores bautizaron “calchaquí” a los pueblos autóctonos (diaguitas, yocaviles, quilmes, tafís, chicoanas, tilcaras, purmamarcas…) por Juan Calchaquí, uno de los principales jefes diaguitas que dominaba el valle de Yocavil y que resistió la avanzada española. Eran pueblos agricultores, pastores y excelentes alfareros, hablaban una lengua propia llamada cacán y veneraban deidades como el sol, la luna, el trueno y la tierra. A fines del siglo XV fueron incorporados al imperio inca (Tawantinsuyu), y recibieron su influencia.
Cuentan que, en la Mariápolis de 1962, los caminos hasta llegar a los valles calchaquíes eran escasos y sinuosos, no había suficientes albergues y el frío era intenso. En todos los relatos de aquellos tiempos está presente la cuota de aventura de los pioneros. Sorprende cuando los viejos mariapolitas cuentan que en el clima de amor recíproco, ley fundamental de toda Mariápolis, las dificultades logísticas se resolvían abriendo las puertas de las casas, compartiendo comida, colchones y abrigo. Lo cierto es que la experiencia de fraternidad de aquellos días fue como una semilla que echó raíces profundas en el corazón del pueblo, difundiéndose cada vez más, incluso entre pequeños grupos dispersos a 4.000 metros de altura, entre personas muy simples pero llenas de sabiduría.
Este año, la comunidad santamariana, con la misma generosidad de entonces, reabrió las casas y trabajó en equipo “en las buenas y en las malas”, explica Hortensia. Los participantes fueron más de 600: unos 200 de la región de los valles calchaquíes y el resto de otras provincias norteñas (Salta, Jujuy, Santiago del Estero y Tucumán). El tema fue “Reciprocidad: un desafío para la sociedad de hoy”, una puerta para conocer las raíces de la cultura originaria, empapada desde su esencia de la reciprocidad.
La presentación por medio de experiencias estuvo a cargo de la Escuela Aurora, recuperando el cuidado de los ancianos, los intercambios y las obras de infraestructura que se llevaron adelante. María Gerván, costumbrista de Las Mojarras, cuenta: “Las arropeadas eran una alegría, nos juntábamos unas 25 personas, tío contaba un cuento, jugábamos a las prendas y trabajábamos hasta la madrugada. Cuando carneaban un cabrito, mamá decía: ‘Justo la Berta me ha mandado carne, llévale maíz a la Gesu para que haga locro’. Desde muy chica, cuando volvía de la escuela, tenía la tarea de llevar a la viejita María Antonia una pava de leche”. Allí todo se comparte, hasta el hueso gustador: una pata de la vaca con mucha sustancia y un poco de carne que circula de olla en olla para dar gusto a las comidas. En efecto, el principio de reciprocidad de las culturas andinas tiene gran sintonía con el “ámense unos a otros” del Evangelio: comprende toda acción efectuada con una dimensión de gratitud sin certeza de retorno. No hay inflación, ni viveza por sacar ventaja. Se trata de la ley del don: cuanto más doy, más soy.
El segundo día sucedió algo inesperado: la muerte de Rubio Moya, uno de los pioneros del Movimiento de los Focolares en esta comunidad. Un grupo de mariapolitas y gente de la ciudad lo despidió, con cantos y aplausos, caminando hasta el Campo Santo. En la Escuela Aurora, el cortejo se detuvo para homenajear a quien hasta el último momento vivió por su gente. Los más jóvenes dijeron haberse sentido interpelados por el testimonio e impresionados por este modo de vivir el misterio de la muerte, como paso a una nueva vida. Llegaron mensajes de toda la Argentina, también de Italia, con el agradecimiento por su vida y respeto por su donación. Mensajes con el aroma de la santidad cotidiana.
La Mariápolis permitió compartir la vida y la reciprocidad en lo cotidiano. Los más pequeños (entre tres y ocho años), después de visitar la reserva de llamas, fueron al Tinku Kamayo1 y disfrutaron de una obra de títeres a cargo de las hilanderas y su caja2. Compartieron experiencias sobre el Evangelio, el proceso del hilado y los niños fueron “señalados” con un colgante de hilo de llama. Una de las mujeres les habló de la generosidad de la madre tierra, o Pachamama, a la que se comprometieron a cuidar y respetar.
Los frutos son vitales: “Estos días han sido una caricia”; “Encontré la luz que necesitaba”; “Quiero dar la vida por mi gente”. Se podría repasar la Mariápolis como en un gran álbum fotográfico: experiencias, reuniones de grupo, talleres de quechua, cerámica y pintura, la subida a la Loma de Hugo y la fiesta del último día: patriotas de 1810 que con genialidad unieron pasado y presente, la Revolución de Mayo con la “revolución diaria libertadora” que logra el amor por el otro. Desde aquel rincón de los valles, el 25 de mayo nos despedimos enriquecidos de la diversidad. Ahora es “la ley del don”, impresa en cada uno, el gran desafío cotidiano. Continuará…
1. El Tinku Kamayo es un grupo de mujeres que vive la espiritualidad de la unidad y están recuperando la tradición del hilado, un arte originario, y también su identidad como pueblo.
2. Es el instrumento más popular desde el Ecuador hasta los valles transversales de Chile, comprendiendo regiones altas del Perú, el altiplano boliviano y el noroeste argentino.
Prácticas Comunitarias de Supervivencia
–Trabajo de comunidades, barrios o familias para beneficio de uno del grupo: recogidas (cosecha de maíz), hiladas (mujeres reunidas que hilan para la que necesite), techadas (poner techo a las casas), arropeadas (hacer arrope de uva o chañar) y paneadas (hacer pan).
–Trabajo comunitario en infraestructura (Yupanakuy): paleadas (construcción y mantenimiento de canales de riego y represas), tomeadas (construcción de bocas para sacar agua de los ríos), caminos, escuelas, limpieza de vertientes.
–El Qonakuy (“darse mutuamente”, en quechua) ordena que los productos de intercambio no varíen en la cantidad por ningún motivo.
Estudio realizado por el Centro de Investigación Cultural Muyupacha y el Centro Privado de Investigación Técnica de Artesanías Aurora de un Mundo Nuevo. |
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