La desilusión de una revolucionaria  
  A un año de su llegada a la Argentina gracias a un permiso especial del gobierno cubano, la neurocirujana habló con Cn revista de su pasado revolucionario y la situación de los derechos humanos en la isla.  
  Su testimonio es tan subjetivo como irrefutable. Por algo, la doctora Hilda Molina –neurocirujana, nacida en Ciego de Ávila, provincia de Camagüey, Cuba, conocida disidente con el gobierno de su país– tituló su reciente libro Mi verdad. Cinco días antes de que los diarios del mundo publicaran la noticia de la libertad concedida a Ariel Sigler Amaya y el traslado de otros detenidos políticos por parte de Raúl Castro –gracias a la mediación de la Iglesia–, nos recibió en el luminoso y despojado departamento de Ciudad Jardín, en El Palomar, que ya es su hogar argentino junto a su madre Hilda Morejón. Y muy, muy cerca está su hijo Roberto, casado con una argentina, con la que formó una familia que se completa con dos nietos.

–¿Cómo era Hilda antes de la Revolución?
–La persona más inadecuada para entrar en ese proceso revolucionario. Una niña de colegio de monjas. Disciplinada, tranquila, estudiosa, pero a la vez con una rebeldía interior tremenda, inquieta, y que trataba de analizar el mundo en una época –tengo 67 años– en la que a las niñas no se les permitía estar al tanto del mundo.

–“La tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario”, dijo Fidel Castro al pueblo cubano el 8 de enero de 1959. De esas palabras Hilda le pedirá cuenta una y otra vez al líder revolucionario durante su vida. ¿Por qué se sumó a la propuesta castrista?
–Por las palabras de Fidel. Lo oí por primera vez con su declaración del 1 de enero de 1959 desde Santiago de Cuba. Tiene una voz fea, pero aquello que estaba diciendo me parecía el Evangelio, y que lo iba a convertir en realidad. Y me pregunté: “¿Cuándo volverá a hablar este hombre?”. Estaba pendiente de la radio y la televisión. Por fin llega el día 8 a la capital y pronuncia un larguísimo discurso. Mientras habla, unas palomas se posan en su hombro. Hay quienes dicen que fue preparado; yo fui de las que creí que el Espíritu Santo lo estaba ayudando. Puedo recordarme: sentada en el suelo, delante del televisor, y aquellas palomas y aquel hombre diciendo esas maravillas… Yo tenía 15 años.

–¿Cómo nació el mundialmente famoso Centro de Restauración Neurológica?
–Yo había ideado el proyecto como resultado del intercambio de información con científicos de otras partes del mundo relacionada con la llamada “restauración neurológica”. No sé cómo se enteró, pero un día, en una feria de productos médicos donde trataba de conseguir la donación de un microscopio, dos señores me dicen: “Por favor, doctora, ¿nos puede acompañar que el comandante quiere hablarle?”. La interrupción me molestó y respondí: “¿Qué comandante?”. “¿Qué comandante va a ser? El comandante en jefe”. Casi sin darme cuenta estoy delante de Castro, que estaba parado en un pasillo. Después de los flashes me dice: “¡Por fin que te conozco!”. Ese día hablamos durante nueve horas sobre la posibilidad de ser líderes mundiales en el tema, y me manifiesta que quiere conocer el Centro y mi proyecto de ampliación. Ahí me di cuenta de que tiene una inteligencia superior porque en un minuto captó lo que aquello significaba. Él pensaba en la propaganda política y la posibilidad de generar dólares. Yo, en lo que implicaba para los enfermos. Los dos teníamos motivaciones diferentes. Pero además descubrió mi talón de Aquiles: que los cubanos pobres recibieran la mejor medicina. Y me quedé con su promesa: “Vamos a hacerlo, te voy a ayudar”. Fidel Castro ayudó, pero no creó el Centro. Se pudo concretar por la ayuda de cientos de científicos de todo el mundo y de nuestro país.

–¿Qué rescata de la visita de Juan Pablo II a su país en 1998?
–El pueblo de Cuba sintió que podía quitarse la careta porque tenía allí, sentado en primera fila, a Fidel Castro mientras el Papa, en su homilía, hablaba de combatir el totalitarismo, de la violación de derecho y pedía libertad religiosa.
–¿Conoce el movimiento de las “mujeres de blanco”?
–Sí, son madres, hijas, esposas de los presos políticos del “grupo de los 75”, aquella redada grande de la primavera de 2003. Algunas ni eran creyentes –porque el pueblo de Cuba perdió y recuperó poco a poco su cultura religiosa– pero comenzaron a ir a la iglesia Santa Rita, que es la protectora de los casos desesperados. Le pedían por la libertad de sus familiares y se vestían de blanco para simbolizar la paz. Son señoras muy humildes y llevan siempre una flor. Cuando salen de misa y caminan por la Quinta Avenida son víctimas, como todos los disidentes en Cuba, de los “mitines de repudio”: una turba, convocada por el gobierno y nada espontánea que grita obscenidades, detiene a las personas en una esquina, les bailan y les lanzan humo de cigarro, las empujan, las arrastran, les pegan.

–¿Por qué escribir un libro?
–Es un grito de alerta. Para que se sepa lo que un sistema estalinista es capaz de hacer, cómo destruye a los seres humanos, tanto a los que le sirven como a los que se le oponen.

–¿Cómo vivió los agravios que la tuvieron como centro en Córdoba y Buenos Aires?
–En la Feria del Libro me gritaban: “mercenaria de los americanos”, “agente de la CIA”, “gusana”, “apátrida”, “traidora”, “vete para Miami”… Es el libreto que ya tiene estructurado el gobierno cubano para descalificar a los disidentes. Casi lo esperaba. (Sus ojos a media asta hablan de una tristeza grande en su interior.) Fidel Castro es tan inteligente que le asigna a cada persona la condena que más le duele. Él sabía que yo no podía vivir sin la luz de los ojos de mi hijo y me condenó. Me privó de él durante 15 años. Se me llenó la vida como de un invierno. Esa es mi tristeza.

–¿Cuál es su sueño más grande hoy, cómo imagina su futuro?
–Cuidando a mi madre, viviendo y ejerciendo la medicina en Cuba con los enfermos cubanos pobres, y viniendo a la Argentina con mi madre a ver a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos... como una abuela común.

El reencuentro con la fe
La vida de Hilda Molina podría describirse desde el itinerario espiritual de una mujer que abandonó la fe tras los ideales de la Revolución, si bien le confió a su madre la instrucción religiosa del hijo, que vivió sucesivas crisis y vacíos interiores y que, finalmente, reencontró la comunidad cristiana: “Regresé a la Iglesia con humildad, con sed de espiritualidad y de la mano de mi madre. Los obispos de mi patria están cumpliendo una maravillosa labor pastoral, social y espiritual. La visita de Juan Pablo II a la isla fue algo increíble: todos los cubanos pedíamos libertad en la Plaza de la Revolución frente a un Fidel Castro estoicamente sentado, por conveniencia, en primera fila”, dice Hilda con voz musical, tan cubana.
 
 
  Testimonios
  Hilda Molina
 
 
Julio de 2010    
 
 
Libros   Revistas